¿Sabías que una semilla, antes de convertirse en planta, tiene que romperse?
Desde afuera parece un fracaso, algo pequeño que se quiebra y desaparece en la tierra oscura. Pero esa ruptura no es el final, sino el inicio. El dolor de abrirse paso bajo...
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La cocina parece más caótica que funcional. La receta —sacada de algún rincón oscuro de internet— decía que era "fácil y rápida", pero nada en nuestras manos está saliendo así.
Evelin tiene harina en la mejilla, yo en el cabello, y la masa parece más una sustancia experimental que una mezcla comestible.
—¿Está bien si esto no huele a nada? —pregunto, mirando el bol con sospecha.
—Tal vez es una receta minimalista —dice Evelin con tono serio, mientras intenta formar una bolita que no se deshiciera entre los dedos. Nos miramos y estallamos en risa.
—Markie dice que cocina bien —digo, más como comentario lanzado al aire.
—Markie dice muchas cosas. —Evelin sonríe sin levantar la vista.
Hay un pequeño silencio mientras tratamos de armar una bandeja decente.
—Entonces, ¿desde cuándo están saliendo?
No respondo. Al principio porque no entendí. Luego porque no sé si quiero explicarlo.
—No estamos saliendo —digo—. Salimos. A veces. Hablamos. Nos conocemos.
—Ah, claro. El «técnicamente no es mi novio pero sí nos vemos una vez a la semana, me conoce las canciones favoritas y me manda memes a las dos de la mañana»>
—Exageras —respondo, aunque no del todo.
—No lo digo mal —dice, limpiándose las manos con un paño—. Solo me llama la atención que nunca lo hayas mencionado.
—No es que lo oculte —digo, y es verdad—. Solo... no suelo hablar de mí. No mucho.
Evelin me mira. No con reproche. Más bien con esa clase de mirada de hermana mayor que no te exige explicaciones, pero las entiende antes de que salgan de tu boca.
—Sí. Ya me di cuenta. Supongo que es costumbre.
Es extraño que lo entienda tan bien. Pero me alivia que lo haga.
—¿Y te gusta? —pregunta entonces, sin rodeos.
Me detengo, con una galleta en la mano a medio formar.
—Sí.
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—Oye, Steven —digo, haciendo girar el lápiz entre los dedos mientras él muerde su pajita del jugo como si estuviera en guerra con la caja de cartón—, ¿cuántos años tienes?
Él se congela. Literalmente. Se queda con la pajita a medio camino y los ojos entrecerrados, como si yo acabara de preguntarle cuál era su tipo de sangre o si cree en los reptilianos.
—¿Qué? —dice, con la ceja levantada.
—Tu edad —repito, ahora sintiéndome estúpidamente consciente de que lo conozco desde hace meses, hemos ensayado juntos, llorado juntos y compartido papas fritas ... pero no sé si es mayor o menor que yo.