¿Sabías que una semilla, antes de convertirse en planta, tiene que romperse?
Desde afuera parece un fracaso, algo pequeño que se quiebra y desaparece en la tierra oscura. Pero esa ruptura no es el final, sino el inicio. El dolor de abrirse paso bajo...
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Leo está en el suelo, tirado boca abajo, con los lápices regados alrededor y la lengua medio afuera. Yo lo miro desde el sofá, solo disfrutando la escena. A veces tararea bajito mientras dibuja. Otras veces se queda totalmente quieto, como si estuviera negociando con su propio cerebro para que le dejara salir la imagen correcta.
Markie entra sin hacer ruido, con una manzana en la mano. Se queda parado detrás de Leo. Yo ya sé lo que va a hacer y no digo nada. Solo me acomodo para ver el espectáculo.
—¿Qué haces, Leonardo da Vinci? —dice de pronto, y antes de que Leo pueda cubrir lo que dibuja, Markie se agacha y le arrebata el cuaderno de bocetos.
—¡Nooo! —grita, incorporándose—. ¡Dámelo, Markie, no es para mostrar!
—¿Qué? ¿Por qué? ¡Esto está buenísimo! —Markie empieza a pasar las hojas—. ¿Es este un dragón con lentes de sol? ¿Y este... es una tostadora con emociones?
—¡Es una metáfora! —protesta Leo, rojo de vergüenza—. ¡No se entiende si lo sacas de contexto!
—No, no, no —dice Markie, ya sentado sobre el respaldo del sofá—. Esto necesita ser publicado. ¿Dónde está tu mánager? ¿Quién representa tus derechos de autor?
Leo se lanza encima de él, intentando recuperar el cuaderno.
—¡Voy a demandarte!
—¡Demasiado tarde! Ya firmé un contrato falso contigo mientras dormías.
—¡Eso es ilegal!
—¡También lo es esconder arte del mundo! —responde Markie, sosteniendo el cuaderno en alto.
Yo me río en silencio.
Leo termina en el sofá, tratando de alcanzar a Markie mientras este lee los títulos en voz alta.
—«Ideas que probablemente me arrepienta de mostrar algún día.» Gran nombre. —Markie asiente—. Título de artista incomprendido.
—¡Estás rompiendo la privacidad creativa de un menor de edad!
—¡Estoy salvando la cultura mundial!
Leo no puede dejar de sonreír aunque trata de parecer indignado.
—¡Dámelo! ¡Dámelo o te dibujo calvo!
Markie suelta una carcajada, le devuelve el cuaderno y lo despeina.
—Dibújame calvo, pero no dejes de hacer estas cosas. Son geniales.
Leo se queda quieto un momento, todavía abrazando el cuaderno, medio escondido detrás de él. Y aunque trata de hacerse el molesto, se le nota. Le brillan los ojos.
Es uno de esos domingos después de la iglesia en los que todo el mundo parece estar medio dormido y medio despierto.
Evelin y Madison están en la cocina, discutiendo sobre si las galletas veganas saben a tierra o a no sé qué. Los gemelos por muy raro que parezca, están en su casa y fueron a la escuela dominical en su iglesia. Dijeron que vendrían al anochecer para jugar baloncesto conmigo y con Leo.