¿Sabías que una semilla, antes de convertirse en planta, tiene que romperse?
Desde afuera parece un fracaso, algo pequeño que se quiebra y desaparece en la tierra oscura. Pero esa ruptura no es el final, sino el inicio. El dolor de abrirse paso bajo...
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La lluvia golpea suavemente el techo del balcón, ese rinconcito mínimo que tengo junto a mi cuarto. No cabe una silla, así que me siento en el suelo, entre dos mantas gruesas, con las piernas cruzadas y la guitarra sobre ellas.
Muevo el pie al ritmo de lo que sea que estoy tocando cuando escucho el motor del auto de mi padre. Miro hacia el frente en el momento en que las luces se apagan y él sale casi corriendo, encogiéndose por la lluvia. Me río sola. Siempre cree que va a ganarle al agua, pero la lluvia siempre le gana.
La puerta principal se abre y, segundos después, escucho el caos que anuncia su llegada: las llaves golpeando la mesita, un estornudo, un «¡qué frío, por Dios!» y luego algo que se cae, probablemente su maletín. Me río en voz baja y sigo tocando.
—¿Otra vez escondida aquí? —escucho su voz detrás de mí.
Está en la puerta del balcón, con una chaqueta gruesa, el cabello mojado pegado a la frente y una sonrisa cansada.
—Es mi lugar favorito —digo. — Me permite tomarme un respiro.
—Ah. Respirar es bueno. Sobre todo si uno está vivo —responde, como si fuera la frase más profunda del mundo, y se sienta a mi lado sin pedir permiso, acomodándose dentro de mis mantas como si le pertenecieran.
Le paso un extremo y él me agradece con un toque en el hombro. Lo veo mover las manos frente a él para calentarlas.
—¿Qué tocas? —pregunta.
—Nada en particular. Solo...
—Suena bien.
Toco de nuevo unos acordes y él mira la lluvia un rato, en silencio. Es un silencio tranquilo, de esos que se sienten como un abrazo.
—¿Y cómo te fue hoy con Madison? —me pregunta de repente.
—Bien. Compramos ropa para el concierto.
— ¿De nuevo?
— De nuevo. Los chicos están teniendo cada vez mas público. Es algo bueno.
—Ah. ¿Y tú vas a estar con ellos o no?
Me muerdo el labio y bajo las manos de las cuerdas.
—No lo sé.
—Cata...
Suspiro y dejo la guitarra a un lado.
—Papá, es que... no les he dicho por qué no quiero unirme. Ellos creen que estoy dudando porque soy tímida, o porque no me siento lista, o yo qué sé. Y no es eso. Bueno, sí, pero no solo eso.
Él me mira con esa calma suya que a veces me desespera.
—¿Qué es entonces? ¿Por tu trauma en Colombia?
Asiento y paso las manos por mis piernas, nerviosa. Papá conoce toda la historia ¿Cómo no lo sabría? Ha estado siempre tan atento en estos últimos meses.