¿Sabías que una semilla, antes de convertirse en planta, tiene que romperse?
Desde afuera parece un fracaso, algo pequeño que se quiebra y desaparece en la tierra oscura. Pero esa ruptura no es el final, sino el inicio. El dolor de abrirse paso bajo...
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Después de la vigilia, al día siguiente tengo unas horas libres antes de ir a clases. Bajo a la cocina buscando algo para desayunar y encuentro a Leo sentado en la isla, con una caja de cómics abierta a sus pies y una taza de chocolate caliente en la mano.
—¿Buenos días, Leo? —saludo en voz baja. Tal parece que los hermanos Lucas disfrutan aparecer en mi casa de la nada.
Él levanta la mirada y sonríe un poco.
—Buenos días, Cata. No te asustes, estoy aquí porque mi padre fue invitado a predicar a otra congregación, mis hermanos están en la universidad y ninguno confía lo suficiente en mí como para dejarme solo en casa. Mark sale temprano y vendrá por mí antes de que tú te vayas.
Lo explica mientras menea la cuchara dentro de la taza. Me siento en el taburete junto a él sin tener nada más que agregar a su explicación.
—¿Y esos cómics? —pregunto, señalando la caja en el suelo.
—Son de superheroínas —dice, con un brillo en los ojos—. Me gustan porque la protagonista Luna Night, no solo es increíble; usa tácticas y astucia. No es de las típicas heroínas, esta brilla porque es inteligente.
Lo miro con curiosidad. Él rara vez habla de sus lecturas.
—Me gustaría saber si te gustan —añade tímidamente.
—A mí me gusta el anime —confieso sin querer ocultarlo—. Vi un anime llamado "La hermandad del alquimista de metal" y otro que se llama "Tu mentira en abril".
—¿En serio? —pregunta con una ceja levantada. Me observa con sincera sorpresa.
—Me gusta la animación japonesa. Mira Attack on Titan; no tiene miedo de mostrarlo todo: drama, horror, redención. Y Your Name me hizo llorar como loca.
Leo se recuesta en la silla con los brazos cruzados. Pensativo.
—No lo conocía. ¿Tú me animarías a verla?
—Claro —digo—. Puedo prestarte mis DVDs o, si prefieres, miramos juntos en YouTube.
Él hace un gesto de aprobación. Luego señala mis cómics favoritos, esos que guardo en la estantería.
—¿Tienes One Piece?
Lo sorprendo señalando la estantería detrás de mí: desde su ángulo se ven varios tomos alineados.
—Sí —contesto—. Antes de que vayas a casa te presto los primeros diez volúmenes.
—Genial —se entusiasma—. Porque yo solo traje tres números de Dragon Ball que compró papá hace años. No sé si ya los viste.
—Los he visto.
Él asiente con nostalgia.
—Papá me enseñó a leer esos cómics cuando era niño. Era nuestra forma de pasar la tarde juntos. Pero luego... dejé de leer por un tiempo.