¿Sabías que una semilla, antes de convertirse en planta, tiene que romperse?
Desde afuera parece un fracaso, algo pequeño que se quiebra y desaparece en la tierra oscura. Pero esa ruptura no es el final, sino el inicio. El dolor de abrirse paso bajo...
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La tarde está fría, pero en Everlake últimamente todo lo está. Me recojo las mangas del suéter mientras camino con Madison por el campus. Salimos antes de una clase, aunque a estas alturas ya no recuerdo cuál era exactamente.
Ella insiste en ir a tomar algo caliente, pero yo solo quiero algo de sol. Mi país nunca ha sido de los mas fríos, teniendo en cuenta que mi pueblo era de los tropicales. Cambiar de eso a este momento del año en Canadá, fue una gran diferencia.
—¿Te molesta si nos sentamos aquí un rato? —pregunta, señalando un muro de piedra cerca del jardín central.
Asiento, sin decir muchas palabras.
Nos sentamos y Madison mira hacia un grupo de chicos que ríen a lo lejos. Yo bajo la vista hacia el suelo, jugando nerviosa con el borde de la manga.
—Madison... —empiezo—. ¿Puedo preguntarte algo? Pero prométeme que no lo vas a tomar a mal, ¿sí?
Ella gira la cabeza y me sonríe con tranquilidad.
—Claro. Dime.
Respiro hondo. No es fácil decir estas cosas en voz alta, menos a alguien a quien apenas conozco. Oh bueno, si la conozco, pero no creo que tengamos la confianza como para hacer este tipo de preguntas. Al menos no aún.
—Desde que te conocí... siento que hay algo raro contigo.
Ella frunce un poco el ceño y levanta una ceja, con una expresión de «¿qué estás diciendo?»
—No raro en el mal sentido —me apresuro a explicarme—. No es que me caigas mal o algo así. Todo lo contrario, en realidad. Es como si...
Ella deja de alternar su mirada hacia mí y el grupo, y pone toda su atención completamente en mí.
—¿Como si fingiera estar bien? —pregunta en voz baja.
No me atrevo a mirarla a los ojos, así que sigo jugando con mi manga.
—Es raro, lo sé. Ni siquiera te conozco tanto. Pero es como... cuando sonríes, a veces siento que no llega del todo a tus ojos. O que te ríes de algo, pero después te apagas un poco. Y no sé si me lo estoy inventando o si simplemente...
Hay un largo silencio. Unos pájaros cruzan el cielo, y alguien a lo lejos estornuda. Madison no dice nada durante un rato, y pienso que he arruinado todo, que piensa que estoy loca y que debía haberme quedado callada.
—No estás loca —dice al final. Levanto la mirada sorprendida. Ha vuelto a evitar mi mirada. —A veces finjo, sí —continúa—. No me gusta alejar a la gente.
—¿Alejar? —le pregunto.
Ella se encoge de hombros.
—Hay cosas sobre mí que ni yo mismo entiendo todavía.
Sus ojos están brillosos, pero no llora.
—Puedes intentar conmigo —le digo en voz baja, tratando de sonar despreocupada.