Cuando Olivia Whitmore llega a Derry junto a su madre y su hermano mayor, solo quiere pasar desapercibida y sobrevivir al aburrido verano en un pueblo que parece detenido en el tiempo. Pero Derry no es un lugar común, y pronto descubrirá que algo os...
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𝐂𝐇𝐀𝐏𝐓𝐄𝐑 𝐅𝐎𝐔𝐑
Después de lo sucedido en el callejón, decidieron que era mejor mantenerse juntos. Nadie lo dijo en voz alta, pero todos lo sentían: no solo Henry, algo en Derry estaba cambiando… algo que respiraba entre las sombras. Primero fueron a dejar a Ben a su casa; su madre casi se desmaya al verlo tan pálido, le agradeció a los chicos y entro con su hijo, probablemente lo llevaría al hospital.
Cuando por fin se separaron, cada uno tomó su camino. Bill y Olivia caminaron juntos en silencio, dejando que la calle vacía los envolviera. El sol se ocultaba tras las casas viejas del vecindario, pintando la acera de un naranja cansado. Bill empujaba su bicicleta y Olivia sostenía su patineta con el brazo izquierdo, golpeándola suavemente contra su pierna a cada paso.
El silencio duró varios minutos, casi cómodo, hasta que Bill reunió el valor.
—En-entonces… ¿s-sí ve-vendrás a la c-ca-cantera mañana? —preguntó, mirando al suelo.
Olivia giró un poco para verlo mejor. Bill siempre hablaba con la voz suave, pero había algo en esa pregunta que sonaba vulnerable.
—Siempre cumplo mis promesas, Dembrough —respondió con una sonrisa ligera.
Bill levantó la cabeza y sonrió de vuelta, más tranquilo.
—Te divertirás… lo prometo.
—Siempre lo hago —contestó Olivia con un tono travieso, haciendo que él riera apenas.
Caminaron unos metros más, cada vez más cerca de su casa. Olivia podía escuchar a los grillos entre los arbustos y sentir el aire húmedo que anunciaba que pronto llovería. Todo se sentía demasiado tranquilo… demasiado inmóvil.
Al llegar al porche, Bill apoyó la bicicleta y se despidió con un gesto tímido. Olivia se preparaba para entrar cuando lo sintió: un escalofrío familiar recorriéndole la nuca, ese que siempre llegaba antes de escucharlo.
—Oliiiviaaa… —susurró una voz que parecía venir de todas partes y de ninguna.
Su corazón se detuvo un segundo. Tragó saliva y giró lentamente.
En el patio trasero, entre la penumbra, estaba él.
Pennywise la observaba, inmóvil como una estatua. Su boca estaba manchada de sangre fresca, goteando sobre su traje mugriento. Sostenía un manojo de globos rojos que flotaban en silencio, sin moverse por el viento inexistente. Y en su otra mano…
Una mano pequeña. Una mano de niño. Una mano arrancada.
—Oliiiiivia… —dijo de nuevo, alargando la “a” hasta convertirla en un chillido agudo.
Olivia cerró los ojos, conteniendo la respiración como si estuviera bajo agua. Sentía su cuerpo entumecerse, como si la tierra la estuviera absorbiendo.