Él era una persona importante en el mundo.
Ella era solo la hermana de su mayor rival.
Ambos eran diferentes y lo sabían, pero al no conocerse no pudieron pensar eso.
Dos personas diferentes en dos equipos diferentes.
¿Que podría pasar?
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XXXIV:
Lander.
22 de Junio.
—¡Ey, capi! —gritó Jack, con una gran sonrisa en sus labios. El cabrón estaba encantado de verme seguir las instrucciones que me había dejado el entrenador.
Tenía que estirar cada parte de mi cuerpo o sufriría las consecuencias de nuestro entrenador. Sus aterradoras consecuencias se trataban de tirarte un balde con hielos y agua helada en el momento menos esperado.
No era la primera vez que me pasaba y tampoco lo quería repetir. Fue la primera y última vez que me lo hizo.
—¡Cierra la boca, Jack! —grité mientras me giraba a señalarlo con un dedo—, ¡O tú también tendrás que hacerlo!
La sonrisa de mi compañero de equipo y amigo se desvaneció al instante de escucharme y eso hizo que una sonrisa se dibujara en mi rostro.
El maldito tenía miedo de que el entrenador le diera instrucciones como a mí.
No era que no queríamos estirar. El problema era que cada vez que nos enviaba a hacer eso, no era algo tranquilo, sino que terminábamos casi en una clase de yoga por parte de nuestro preparador físico.
Y no solo era un puto aburrimiento hacer eso, también una vergüenza, ya que en momentos tenías que hacer unas poses raras que te dejaban en evidencia de varias cosas.
Bueno, no en mi caso, claramente.
Nos encontrábamos todos en los vestuarios del estadio. Algunos miraban algo por sus celulares, otros hablaban entre ellos y hacían chistes demasiado masculinos, los cuales tenía que admitir que sí daban risa.
Y yo tenía que pasear por todo el maldito estadio solo para ir a una clase de "yoga" corta con uno de nuestros preparadores físicos.
En vez de concentrarme en el partido que estábamos por jugar, a nuestro entrenador se le había ocurrido la maravillosa idea de enviarme a la sala de yoga.
Sí, porque ahora se la llamaba de esa forma estúpida.
Lo único que me mantenía igual al resto, era que ellos iban a tener que seguir las mismas instrucciones luego del partido.
Me puse de pie con muy pocas ganas y caminé directo hacia la puerta del vestuario para dirigirme al infierno. A la mierda el día en el que acepté ser capitán de este maldito equipo.
Al salir de la habitación, me encontré con varios trabajadores del lugar, los cuales me miraban con el rostro inundado de emoción. Ellos esperaban que ganáramos el partido, y eso íbamos a hacer.
Alemania era un equipo fácil, no era tan complicado como otros. Podría decir que hasta nos habíamos enfrentado a peores rivales para llegar al lugar en el que estábamos.