Él era una persona importante en el mundo.
Ella era solo la hermana de su mayor rival.
Ambos eran diferentes y lo sabían, pero al no conocerse no pudieron pensar eso.
Dos personas diferentes en dos equipos diferentes.
¿Que podría pasar?
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XXXIII:
336 horas. 20.160 minutos. 1.209.600 segundos.
En total, una semana desde que Lander me dio una señal de que estaba vivo. Una semana desde que apretó mi mano en un intento de dejarme en claro que no me iba a abandonar.
Cada hora que pasaba era una tortura para mí.
Me pasé toda la semana sentada en el sofá, frente a él mientras no apartaba la mirada de su rostro tranquilo.
No era la única loca que se encontraba metida aquí dentro a todas horas. Siempre la que me acompañaba cada día era Caroline Laurent, la mamá de Lander, la cual los primeros días de la semana se la pasó llorando mientras me hablaba de la infancia de mi chico jirafa.
Debía admitir que mientras más hablaba, más lágrimas caían por mis mejillas sin parar. No era fácil escuchar cómo mi suegra contaba cada anécdota con los ojos hinchados y una sonrisa en su rostro.
Pero intentaba mantenerme fuerte para darle el apoyo que ella necesitaba. Por lo que, cada vez que se retiraba de la habitación, rompía en llanto mientras me ahogaba en mi propia tristeza.
Al pasar de los días, toda la situación se fue calmando. Los doctores nos dijeron que la salud de Lander estaba mejorando, pero que no sabían todavía en qué momento iba a despertar.
Eso hizo que todo cambiara. Caroline y Mateo venían con una sonrisa en sus caras, se paraban a un lado de la camilla y le hablaban a su hijo de noticias recientes.
También le dieron la noticia de que había sido nominado al balón de oro, lo cual me hizo sonreír de la emoción cuando me enteré.
Sabía a la perfección cuánto Lander anhelaba ganar ese balón al menos una vez en su vida. Y ahora había llegado esa oportunidad, después de tanto trabajo lo logró.
Solté un suspiro mientras observaba a mi mejor amiga mirar alrededor de toda la habitación por quinta vez en el día.
Llegó de sorpresa ayer por la noche. No tenía permitido venir, pero no le importó y tomó el primer vuelo que encontró a Londres. Luego llamó a Wesley para que la recogiera en el aeropuerto.
Hasta mi hermano estaba sorprendido de verla aquí. Lo entendía, ya que no se veían desde el día en el que Wes se enteró de mi accidente y decidió viajar a Inglaterra para cuidarme.
—Parece manicomio —murmuró Greta, con un gesto asqueado. Mentira no era.
Yo lo pensé la primera vez que me desperté, pero simplemente no lo dije porque iba a sonar muy de loca. Pero sí parecía manicomio.
Me faltaban las esposas.
—¿No te da miedo de noche? —preguntó alzando una ceja.