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La tarde cae lentamente mientras todos nos reunimos en el salón principal

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La tarde cae lentamente mientras todos nos reunimos en el salón principal. Luces suaves cuelgan del techo y banderines de colores se mueven con la brisa. Los murmullos se apagan poco a poco, y una melodía suave empieza a llenar el espacio. Me siento junto a mis amigas mientras el salón se llena rápidamente.

Las luces bajan y un grupo de líderes sube al escenario. No dicen nada al principio. Solo dejan que la música haga su trabajo. Miro a mi alrededor: manos levantadas, ojos cerrados, rostros tranquilos iluminados por la luz cálida. Algunos lloran y otros sonríen con los ojos brillantes. Veo abrazos largos y chicos saltando al fondo con una alegría contagiosa.

—Hoy estamos aquí para experimentar la presencia de Dios —dice uno de los pastores—. Él quiere tocar nuestros corazones y transformar nuestras vidas.

Pasa más de una hora sin que nadie lo note. La música sube y baja como olas. El salón se convierte en un mar de brazos abiertos, de voces rotas que cantan con fuerza. Me dejo llevar sin pensar.

Entre alabanzas, testimonios y palabras que atraviesan el pecho, el ambiente se transforma en otra cosa.

No es solo emoción. Es algo que se mete en los huesos. Un fuego suave y a la vez brutal. Llantos, risas, gente de rodillas, otros de pie con los ojos al cielo. Susurros que se vuelven gritos. Una fe viva, desordenada y ardiente.

Lo siento en la piel y en el aire. Como si todo lo de antes —el cansancio, las dudas y el ruido de afuera— ya no importara. Y justo cuando creo que no puedo apartar la mirada de lo que está pasando, lo veo.

Markie sale del salón con prisa, como si no pudiera estar ahí un segundo más. Algo se me mueve en el pecho. No entiendo por qué se va justo ahora, cuando todo parece tan importante. Quiero quedarme, seguir en ese momento que se siente tan especial, pero la incomodidad no me deja tranquila. No puedo ignorarlo. Corro detrás de él.

Afuera, el aire frío me golpea en la cara y el ruido del salón se apaga de golpe. Entre las cabañas hay un silencio casi pesado.

Lo encuentro junto a una de las piscinas, lanzando piedras y pateando todo lo que tiene cerca.

—¿Mark? —digo su nombre suavemente. Mi voz apenas se oye.

No responde. Solo patea con más fuerza. Algo está mal. Muy mal.

—¡Markie! —repito, más fuerte.

Se gira despacio, y cuando veo su rostro, la rabia y el dolor que tiene en los ojos me dejan helada. Nunca lo había visto así.

—¿Viste eso? —escupe las palabras como si dolieran—. ¿Viste lo que pasó allá adentro? Dios haciendo milagros, tocando corazones. ¿Y yo? ¿Dónde quedé yo?

No sé qué decir. Lo que acabo de presenciar y lo que tengo delante parecen dos realidades incompatibles.

—¿De qué hablas? —intento sonar tranquila, pero ni yo me creo mi propia calma. Doy un par de pasos hacia delante. Él retrocede los mismos.

CDUCP 1: Confesiones de una fe quebrantada...🌿✏️📖Where stories live. Discover now