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Me pongo en medio de mi habitación, rodeada de ropa y zapatos esparcidos por todo el suelo

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Me pongo en medio de mi habitación, rodeada de ropa y zapatos esparcidos por todo el suelo. Mañana es el gran día, el campamento que tanto hemos esperado, y apenas ahora, a las diez de la noche, me acuerdo de que tengo que empacar. Tengo algo de experiencia, gracias al campamento al que fui en Colombia hace años, así que más o menos sé qué debo llevar.

No estoy muy segura si aquí en Canadá también se hacen estos campamentos o si era solo algo de la iglesia allá en Colombia. Pero me entero de que sí, aquí también hay campamentos anuales para jóvenes.

Pienso bien en cuánta ropa necesito para no pasar apuros allá. Seis cambios para tres días y dos noches: uno para la noche del viernes cuando llegamos, otro para la madrugada del sábado en el devocional, uno más para las conferencias en la mañana y otro para la noche. El domingo igual, aunque regresamos ese día en la tarde.

También tengo que empacar toalla, cepillo de dientes, desodorante y todo lo básico de higiene. Sin olvidar los zapatos que combinen con cada conjunto. Supongo que mi maleta grande no es exageración. Además, llevo la plancha para rizar y la normal, por si acaso.

A diferencia de otras veces, esta vez estoy emocionada. Hace poco estuve hablando con Mark, que hasta ayer juraba que no iría al campamento, pero finalmente lo convencí. Este es su primero, y eso me pone aún más feliz.

Siento que este campamento va a ser especial.

Justo antes de dormir decido meter unas toallitas femeninas. Mi periodo terminó hace unos días, pero en estos lugares nunca sobran. Me quedo dormida sin arreglar la cama, en medio de mi caos. Estoy demasiado cansada.

Duermo hasta que el ruido de papá abajo me despierta. Miro el reloj: las once y cincuenta y cinco de la mañana. Me siento descansada y me levanto para ordenar el desastre en mi habitación y darme una ducha antes de bajar.

Las lluvias fuertes rompieron el cristal de una de las ventanas traseras, y están instalando un reemplazo. Veo a papá parado tras el trabajador, entro a la cocina en silencio y saco mi almuerzo del microondas.

Prefiero comer en mi cuarto cuando hay extraños en casa.

Le envío a Cataleya mi parte del trabajo que tenemos pendiente para el sábado, porque dudo que pueda reportarme ese día, mucho menos hacer cosas de la universidad. Sinceramente, la universidad no me parece tan difícil, a menos que tenga que exponer o defender algo frente a la clase.

Alrededor de la una y media empiezo a preocuparme por arreglarme. Me pongo un suéter beige y una falda larga, suelta y rosa. Papá me empaca comida para que no pase hambre al llegar, porque en el cronograma solo hay cena; llegamos a las cuatro de la tarde.

A las dos y media me despido de Daysi. Ella lleva llorando desde hace una hora y se ve ansiosa. Le rasco detrás de las orejas antes de subir al auto.

—¿Estás nerviosa? —pregunta papá después de pelear un rato con el Bluetooth del auto para conectar mi celular y escuchar música. No es muy diestro con eso, y aunque quiero ayudar, me aparta las manos diciendo que puede solo. No puedo evitar sonreír.

CDUCP 1: Confesiones de una fe quebrantada...🌿✏️📖Where stories live. Discover now