capitulo cuarenta y uno

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Salgo del trabajo con el cansancio pegado al cuerpo, pero con el corazón un poco más liviano que en los últimos días. Camino hacia la salida mientras escribo los mensajes a mi novia, cuidando cada palabra como si fueran piezas frágiles.

“Está bien, te espero en casa.”
“Voy a salir un momento, pero vuelvo lo más rápido que pueda.”
“Prometo no quedarme dormida, voy a ver a Carmen. Te aviso para que no pienses otra cosa.”
“Solo le voy a entregar lo que quiere y me vuelvo.”
“No te preocupes. Necesito cerrar esta etapa fea para empezar mi vida nueva contigo.”
“Si no respondo es porque me dormí. Llego cansada.”

Repaso cada mensaje antes de enviarlo. No quiero que suene a despedida. No quiero que suene a duda. Solo a verdad… a esa verdad que duele pero que necesito enfrentar.

Guardo el celular en el bolsillo e inhalo profundo. El aire frío de la calle me golpea en la cara como si quisiera despertarme del torbellino emocional en el que estoy metida.

—Bueno, Lara… —murmuro para mí misma—. Una última vez y ya.

Camino hacia el estacionamiento mientras la ciudad empieza a encender sus luces. Mi pecho late fuerte, pero no es por Carmen… es por Sofía. Porque sé que ella va a leer esos mensajes y pensar demasiado. Porque sé lo que provoca esa palabra: Carmen. Y aun así, lo hice.

Sé que se merece claridad, se merece mi honestidad… pero también sé que se merece paz. Y me da miedo no poder dársela si no cierro de una vez ese capítulo podrido.

El celular vibra en mi bolsillo.
Por un segundo pienso en detenerme para ver si respondió… pero aprieto el paso.

No.
Primero termino con esto.
Después vuelvo con ella.

Con mi Sofía.

Con mi futuro.

El motor del auto ruge mientras avanzo por la avenida, las luces pasan como trazos borrosos y mi cabeza late al mismo ritmo que el volante temblando entre mis manos. No debería estar manejando tan rápido, pero quiero terminar con esto cuanto antes. Quiero volver a casa. Quiero volver con Sofía.

Estaciono frente al banco, entro sin mirar a nadie y hago la extracción.
Una suma obscena.
Una suma que no me duele entregar, pero que prometí dar para librarme de una vez de Carmen.

El empleado me mira raro. Yo solo firmo, agarro el maletín y me voy.

Cuando vuelvo al auto siento el peso del dinero como si fuera un cadáver apoyado en mis piernas.
Última vez, me repito. Última vez que esta mujer toca mi vida.

El lugar donde me citó Carmen está silencioso, húmedo, mal iluminado. Por supuesto. Ella nunca elige sitios normales. Siempre parece estar grabando una película de suspenso en su propia cabeza.

Apenas la veo, ni siquiera espero a que abra la boca.
Camino firme, directo, sin detenerme.
Le extiendo el maletín.

—Tomá. Acá está todo... El dinero, escrituras de la casa y del despacho de París, todo a tu nombre—digo, sin rodeos.

Pero ella sólo me mira… y sonríe.
Esa sonrisa que me arruinó tantas veces.

—Ya no lo quiero —responde, cruzándose de brazos como si no tuviera enfrente el equivalente a un auto de alta gama.

Me quedo congelada. Tardo un segundo. Dos.
Y después siento el calor subirme al cuello.

—¿Cómo que ya no lo quieres? —mi voz se quiebra de el enojo—. ¿Cómo que ya no quieres mi puto dinero?

Ella ladea la cabeza, disfrutando mi reacción como siempre.

Y algo dentro mí explota.

—¿Qué quieres de mí, Carmen? —escupo las palabras—. ¿Qué más te puedo dar? ¿Qué mierda estás buscando ahora?

Corazón blindado Donde viven las historias. Descúbrelo ahora