Capitulo 32

9.3K 361 204
                                        

La luz del amanecer se filtraba suavemente a través de las cortinas, pintando la habitación en tonos dorados y rosados

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

La luz del amanecer se filtraba suavemente a través de las cortinas, pintando la habitación en tonos dorados y rosados. Abrí los ojos lentamente, mi cuerpo protestando inmediatamente por la posición incómoda en la que había pasado la noche. Mi brazo izquierdo estaba completamente dormido, atrapado bajo el peso de Maggie, y mi espalda... Dios, mi espalda mandaba señales de socorro que prometían días de dolor.

Pero no me moví.

No podía moverme, ni siquiera si quisiera.

Porque este momento, este preciso momento, era demasiado perfecto para interrumpirlo.

Maggie estaba acurrucada contra mi lado derecho, su pequeño cuerpo presionado contra el mío con la confianza absoluta que solo un niño puede tener. Su mano descansaba sobre mi pecho, justo encima de mi corazón, como si incluso dormida necesitara asegurarse de que seguía latiendo. Su cabello oscuro estaba completamente despeinado, formando un halo caótico alrededor de su cabeza, y sus labios estaban ligeramente entreabiertos mientras respiraba profunda y tranquilamente.

La observé por un largo momento, memorizando cada detalle. Las pecas apenas visibles que salpicaban su nariz. La forma en que sus pestañas descansaban contra sus mejillas. El pequeño lunar que tenía justo debajo de su oreja derecha. Mi Maggie, tan curiosa, tan llena de vida, tan valiente. La niña que hacía un millón de preguntas al día y que nunca aceptaba "porque sí" como respuesta.

Del otro lado, Lena estaba prácticamente encima de mí, con una pierna extendida sobre mi estómago y su cabeza apoyada en mi hombro. En algún momento de la noche había perdido su peluche, que ahora yacía abandonado a los pies de la cama. Pero no parecía importarle. Me había elegido como su peluche de reemplazo, y su agarre era tan fuerte que dudaba poder zafarme sin despertarla.

Lena, mi pequeña dramática, la niña que sentía todo tan intensamente. Cuando estaba feliz, todo el mundo lo sabía. Cuando estaba triste, lloraba como si su corazón se estuviera rompiendo. No había términos medios con ella, todo era blanco o negro, y de alguna forma eso me parecía hermoso. La honestidad emocional de no saber cómo esconder lo que sentía.

Mis sobrinas. Mis niñas. Aunque cada día que pasaba, ese "mis" se sentía menos como una descripción técnica de nuestra relación familiar y más como una verdad absoluta del corazón. Eran mías de las formas que importaban. En amor, en compromiso, en la promesa silenciosa que había hecho de protegerlas, cuidarlas, amarlas por el resto de mi vida.

Giré ligeramente la cabeza, ignorando el pinchazo de dolor en mi cuello, para mirar al otro lado de la cama.

Y ahí estaba Graciela.

Mi Graciela.

Mi corazón se expandió tanto en mi pecho que por un momento pensé que podría estallar.

Estaba de lado, mirándome, con Julieta acurrucada contra su pecho como un koala. La niña mayor tenía ambos brazos alrededor de su madre, su rostro sereno en el sueño, su pulgar peligrosamente cerca de su boca aunque por suerte no lo estaba chupando en ese momento. El cabello de Julieta, del mismo tono castaño que el de su madre, se mezclaba con el de Graciela en la almohada, haciendo casi imposible distinguir dónde terminaba uno y comenzaba el otro.

Marchita La Bella FlorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora