¿Sabías que una semilla, antes de convertirse en planta, tiene que romperse?
Desde afuera parece un fracaso, algo pequeño que se quiebra y desaparece en la tierra oscura. Pero esa ruptura no es el final, sino el inicio. El dolor de abrirse paso bajo...
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Bajo por las escaleras mientras froto mis ojos. Son alrededor de las dos de la tarde cuando me despierto, oro y voy rumbo a la sala.
Veo a Madison y a mi padre sentados y los saludo, pasando de largo hacia la cocina. Bebo un poco de agua y, cuando mi mente por fin está despierta, caigo en cuenta de un detalle: ¿qué hace Madison aquí a esta hora? Es la primera vez que está en mi casa.
Después de lavarme los dientes, vuelvo sobre mis pasos y los encuentro igual, uno frente al otro.
—Vamos a la confraternidad en la iglesia de Evelin —dice Madison, como si adivinara la pregunta en mi cara—. Venía a invitarte.
—¿A qué hora empieza? —suelto un bostezo mientras me siento en el reposabrazos de la silla donde está mi padre.
—A la una de la tarde. También a las cuatro y a las ocho.
—Sí quiero ir.
—¿Crees que puedes estar lista a las cuatro?
—No, imposible.
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Meto mi celular y el dinero dentro de mi bolso nuevo mientras bajo del auto. La iglesia es grande, pero más pequeña que la que me congrego ahora. Seguramente caben unas mil personas, y pese a lo que se piense, está casi llena. Evelin nos esperaba en la entrada. Lleva un vestido largo azul y tacones plateados.
La entrada está llena de personas que van y vienen. Familias se reúnen en pequeños grupos, ajustando las corbatas de los niños o acomodando los vestidos de las niñas.
Pese a que muchas veces me siento fuera de lugar en reuniones, siempre he sabido que la iglesia es mi hogar. Me siento familiarizada sin importar el país; es mi lugar seguro.
Los ujieres nos reciben con calidez, dándonos esa sensación de ser queridas y esperadas. Hay ocho, cuatro fuera, ayudando a las personas que lo necesiten y cuatro dentro que se encargan de saludar.
El ministerio de ujieres siempre ha sido el que más me gusta de la iglesia. Son tan lindos y serviciales.
El grupo de alabanza es grande. Hay alrededor de veinte personas vestidas con ropas de color azul rey.
Madison me guía hasta más adelante, ubicándonos cerca de los niños. Me arrodillo a la orilla del banco, poniendo mi bolso en el suelo.
Mi vestido es verde esmeralda y, como casi toda mi ropa aquí, es nuevo. Llevo tacones plateados, el flequillo planchado y las puntas rizadas.
Una obra de arte que le llevó a Madison dos horas. Sinceramente, me encantó el resultado. No todos los días tengo la seguridad para sentirme bonita.
Como cualquier persona en un lugar nuevo, paso un buen rato mirando los rostros desconocidos. De algún modo les encuentro cierta similitud que no logro descifrar. Quizás es el hecho de que todos sean canadienses. Siempre he dicho que cada nacionalidad tiene rasgos comunes.