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Capítulo I

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Recuerdo aquella noche lluviosa como si fuera ayer. La lluvia golpeaba los cristales insistentemente mientras pretendía terminarme una copa cuyo sabor no soportaba.

Estaba cansado de esperar a que dieran las diez en punto, como cada viernes.

Llevaba con aquella rutina tres meses: terminaba el papeleo en la oficina, volvía a casa, me duchaba, tomaba una copa y salía a las diez en punto. Entonces iba al "Susurros", un local de jazz que se encontraba callejeando tanto que era sorprendente que tuviera tantos clientes los viernes.

Lo descubrí el día que me propuse perderme en aquella oscura ciudad en la que había vivido durante tantos años pero por la que nunca había paseado fijándome en lo que me rodeaba. Lo descubrí el día que decidí perderme. Y quizá lo conseguí; pues desde aquel día fue mi perdición. Pero eso no lo sabía tres meses después de conocer el "Susurros", cuando todo no hacía nada más que empezar.

Dejé la copa en una mesita de madera cercana a la ventana; cogí el paraguas, mi sombrero, y salí cerrando de un portazo.

Caminé durante un buen rato bajo la lluvia. La ciudad estaba repleta de personas. Cada una con sus cosas, cada una en una dirección.

Grupos de jóvenes daban voces y se divertían, sin darle importancia al clima, de camino a locales de fiesta o quizá saliendo de ellos, socializando y comportándose como haría cualquier persona normal. Yo, como cada viernes, temía no encontrar el local. Pero no había desaparecido. Seguía allí cuando llegué con los zapatos empapados y llenos de barro de pisar charcos.

Se trataba de un local grande y oscuro casi completamente de madera. Nada más entrar por la puerta, a la derecha podía verse la entrada a una pequeña habitación que solía vigilar una persona, normalmente una chica bajita y pelirroja excesivamente amistosa, dos metros más adelante estaba la barra, contra el muro derecho de la estancia, y frente a esta se extendían media docena de mesas y sillas, también de madera, repletas de personas que habían ido a ver el espectáculo que se efectuaba sobre el escenario izquierda del bar. Dejé el paraguas y el abrigo en el guardarropa, recogiendo el ticket que me ofrecía la chica pelirroja, el cuál debía entregar a la salida si quería recoger mis pertenencias. Me acerqué a la barra a esperar lo más cerca posible de un antiguo y polvoriento reloj de pared.

El ron de aquel sitio sabía a rayos. Lo cierto es que creo que cualquier tipo de alcohol sabía a rayos para mí. No sé por qué bebía, supongo que por la sensación que me provocaba, pero por más que lo hiciera no se me acostumbraban la boca ni la garganta, que siempre terminaban ardiéndome, por no hablar del mal aliento que me dejaba la bebida.

Solo sé que la primera vez que la vi había bebido bastante, acababa de morir mi padre y de desaparecer mi hermano y yo necesitaba ahogar mis penas. Las emociones invadían mi cuerpo y mi mente y la imagen de aquella chica en concreto, en aquella situación concreta hizo que algo explotase dentro de mí. Desde entonces intentaba interpretar el papel del primer día: un hombre triste y borracho, frustrado y desesperado en la barra de un bar que escucha una melodía, se gira y se enamora de repente, como si cupido hubiera decidido hacerle sufrir más porque le parecía insuficiente lo que tenía encima.

Era una estupidez, ya que el hecho de ir a aquel sitio cada viernes era ya una ilusión, un encanto que le veía a la vida que no le veía tres meses antes, pero aun así quería sentir aquella sensación una y otra vez y, no sé si por ponerle empeño, o simplemente porque así debía de ser, seguía sintiendo lo mismo una y otra vez.

Casi pude sentir el movimiento de la manecilla del reloj al marcar las once en punto, como si fuera mi propio cuerpo el que posicionara la más larga en lo más alto de la cúpula. Entonces se hizo el silencio en la sala, el grupo dejó de tocar, se arrastraron sillas y pies y se posaron vasos y copas sobre las mesas de madera. Aquel espectáculo merecía toda la atención de sus espectadores. Se oyeron unos pasos delicados a unos metros a mi espalda, y comenzó a sonar una melodía de piano justo en el momento en que me giraba para introducirme en aquel silencio sepulcral.

Los ojos de Cloe.¡Lee esta historia GRATIS!