Dieciocho años después de haber sido expulsada por amar a quien no debía, Isabela regresa a la hacienda que alguna vez llamó hogar.
No busca venganza... sino respuestas, y tal vez una nueva oportunidad de empezar.
Allí la espera Graciela, la esposa...
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Me despierto antes que ella.
Siempre lo hago últimamente—mi cuerpo incapaz de quedarse dormido incluso cuando no hay nada urgente esperándome abajo.
Pero esta mañana no me importa. Porque despertarme antes significa que tengo estos momentos robados solo para mí. Momentos donde puedo observarla sin ser observada. Donde puedo permitirme el lujo de simplemente... mirarla.
Y Dios, es hermosa.
Graciela está acostada de lado, dándome la espalda, su cabello oscuro esparcido por la almohada en ondas despeinadas que brillan suavemente en la luz tenue que se filtra a través de las cortinas. Cada hebra parece tener vida propia, creando patrones contra la tela blanca de la funda que hace que mis dedos hormigueen con la necesidad de tocar, de enredar, de sentir esa suavidad sedosa que sé que encontraré ahí.
Lleva puestos unos shorts cortos de dormir—esos azul marino con pequeñas estrellas blancas que le quedan perfectos, que dejan ver la mayor parte de sus piernas suaves y torneadas, esas piernas que me vuelven loca cada vez que las veo, que quiero envolver alrededor de mi cintura mientras...
Me detengo ahí, sonriendo para mí misma.
Y luego está el suéter. Mi suéter—uno sin mangas, gris desteñido, con el logo de la Universidad de Denver casi invisible de tantos lavados. De alguna forma terminó en su lado del armario, en su cajón, marcado implícitamente como "suyo" aunque técnicamente es mío.
Pero viéndola usarlo ahora, viéndolo ajustarse a su figura de formas que nunca se ajustó a la mía—abrazando sus curvas suaves, acentuando la forma de sus pechos, creando una línea que va desde sus hombros hasta su cintura que hace que mi boca se seque—sé que nunca voy a pedirlo de vuelta.
Es suyo ahora. Completamente, irrevocablemente suyo.
El suéter es demasiado grande para ella—mis hombros son más anchos que los suyos, mi torso más largo—pero de alguna manera eso lo hace mejor. La hace ver pequeña, delicada, vulnerable de formas que raramente se permite ser cuando está despierta.
La hace ver completamente mía.
Mía.
Esa palabra resuena en mi pecho con una fuerza que casi me asusta. Hace que mi corazón lata más fuerte, más rápido, con una intensidad que todavía no estoy completamente acostumbrada a sentir.
Porque ella es mía, ¿verdad? Oficialmente ahora. No solo en secreto. No solo en momentos robados cuando las niñas no están mirando. Sino realmente, verdaderamente, públicamente mía.
Mi pareja. Mi novia. Mi...
¿Mi mujer?
Pruebo esa palabra en mi mente, dejándola rodar, sintiendo su peso, su significado.
Mi mujer.
Mmm. Sí. Me gusta mucho cómo suena eso. Me gusta el sentimiento de posesión que viene con eso—no posesión en el sentido de propiedad, sino en el sentido de pertenencia mutua. De ser de alguien y que alguien sea tuyo. De esa conexión que va más allá de palabras como "novia" o "pareja."