Capítulo 29

10K 365 218
                                        

Estoy en la cocina

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Estoy en la cocina.

La casa con Vicente. La misma cocina donde pasé tantas horas tratando de hacer todo perfecto, tratando de evitar que se enojara.

Pero algo está mal. Algo está diferente.

Isabela está aquí.

Está de pie junto a la estufa, su espalda hacia mí, y no sé por qué pero sé—con esa certeza horrible que solo existe en pesadillas—que algo terrible está a punto de pasar.

—Isa —trato de decir, pero mi voz no sale. Es como si mi garganta estuviera cerrada, como si no pudiera hacer sonido.

Veo a Vicente entrando a la cocina. Su cara ya está roja. Ya está enojado. Puedo ver la ira en sus ojos, en cómo sus manos están apretadas en puños, en cómo su mandíbula está tensa.

Y se dirige hacia Isabela.

No hacia mí. Hacia ella.

Trato de moverme. Trato de correr hacia ella, de protegerla, de ponerme entre ellos. Pero mis pies están pegados al piso, como si estuvieran cementados ahí. No puedo moverme. No puedo hacer nada excepto observar con horror.

—Perra entrometida —dice Vicente, su voz ese gruñido bajo que siempre precedía violencia, ese tono que hacía que mi estómago se retorciera de miedo—. Crees que puedes venir aquí y robarme lo que es mío.

Isabela se voltea, y puedo ver sorpresa cruzar su cara, luego confusión, luego miedo. Miedo que nunca he visto en ella en la vida real. Isabela nunca tiene miedo. Isabela es fuerte y segura y valiente. Pero aquí, en esta pesadilla, se ve aterrada.

—Vicente —dice, levantando sus manos en gesto defensivo—. Cálmate. No quiero problemas. Solo vete y—

Pero él no escucha. Nunca escucha. Nunca escuchó.

Su mano se dispara hacia adelante como serpiente atacando, agarrando su garganta, empujándola contra el mostrador con fuerza brutal que hace que toda la vajilla tiemble y se caiga. El sonido de platos rompiéndose llena el aire.

—NO —trato de gritar, pero todavía no sale sonido. Todavía no puedo moverme. Solo puedo observar, impotente, inútil.

Veo sus dedos apretando alrededor de su garganta. Veo cómo la piel bajo sus dedos se pone blanca, luego roja. Veo cómo los ojos de Isabela se agrandan con pánico. Veo cómo trata de jalar sus manos, de respirar, de...

No puede respirar. No puede...

—Mía —gruñe Vicente, su cara cerca de la de ella, su aliento probablemente asqueroso—. Ella es MÍA. No tuya. Nunca tuya. ¿Me escuchaste? NUNCA.

Su otra mano se levanta. Se forma en puño. Ese puño que conozco tan bien. Ese puño que me golpeó tantas veces.

Y la golpea.

Marchita La Bella FlorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora