capitulo treinta y siete

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Cuando entré al departamento, lo primero que me recibió fue el olor a vino y un silencio sospechosamente tranquilo. Caminé unos pasos más y lo vi todo: copas vacías, una botella medio caída, y en el sillón… Vanessa y Sofía, las dos durmiendo como si el mundo se hubiese terminado después del brindis número diez.

Me pasé una mano por el rostro, exhalando. —Dios mío… no puedo dejarlas solas ni un día —murmuré.

Me acerqué al sillón, con cuidado de no pisar los pétalos de rosa que Sofía seguramente había traído más temprano (todavía estaban sobre la mesa). Vanessa roncaba apenas, con una pierna colgando, mientras Sofía dormía abrazada a un cojín, con el cabello revuelto y las mejillas sonrosadas por el alcohol.

—Prima… —dije en voz baja, dándole un pequeño golpecito en la frente. Nada. Otro. Recién al tercero gruñó algo inentendible.

—¿Eh? ¿Qué pasa? —balbuceó Vanessa medio dormida.

—Pasa que tienes una resaca asegurada y una charla pendiente conmigo. —Le crucé los brazos y la miré con ese tono de “abogada regañona” que tanto odiaba.

Vanessa abrió un ojo y sonrió, descarada. —Antes de que me grites… te aviso que fui buena influencia. La cuidé, le di agua entre copas…

—¿Agua entre copas? —arqueé una ceja—. ¿Y quién fue la genia que pensó que emborrachar a mi novia era una terapia válida?

Ella soltó una risa floja. —Ay, Lara… te hace falta relajarte. Estás tan tensa que si te abrazo seguro sonás como una tabla.

—Perfecto, entonces relajate tú… —la interrumpí, sacándole el cojín que tenía encima— durmiendo en el sillón. Mañana hablamos.

Vanessa resopló pero obedeció. Se dio vuelta, murmurando algo como “tan mandona como siempre”, y en segundos volvió a dormirse.

Suspiré. Luego miré a Sofía.

Mi enojo se desinfló en cuanto la vi. Tenía las pestañas húmedas, como si hubiera llorado antes de dormirse. La expresión cansada, pero dulce. Me acerqué, la acaricié suavemente en la mejilla y ella murmuró mi nombre entre sueños. Fue suficiente para que el nudo en mi pecho se apretara aún más.

—Perdóname, mi ángel —susurré—. No debí dejar que todo terminara así.

Con cuidado, la levanté en brazos. Estaba liviana, tibia, y el olor a vino se mezclaba con su perfume. Me dio un beso torcido en el cuello sin siquiera despertar, y me hizo sonreír sin querer.

La llevé al cuarto, aparté las mantas y la recosté en la cama. Le quité los zapatos, le corrí un mechón del rostro y le acaricié la frente.

—Ya está… —murmuré, sentándome a su lado—. Mañana hablamos, pero por ahora solo duerme.

Ella se movió apenas, buscando mi mano, y se aferró a mis dedos como si temiera que me fuera. La miré largo rato. En silencio.

No sabía si al día siguiente ella iba a querer escucharme, pero en ese momento no importaba. Lo único que quería era que descansara.

Apagué la luz, me quedé un rato más mirándola, y al final me acosté a su lado, con el corazón lleno de culpa… pero también con la esperanza tonta de que, cuando despertara, pudiera volver a mirarme como antes.

El olor a café recién hecho llenaba el departamento. El sol apenas se colaba por las cortinas cuando serví las tazas en la mesa. Hacía tiempo que no me levantaba tan temprano para preparar desayuno, pero después de la noche de ayer… era lo mínimo que podía hacer.

Escuché pasos lentos y un pequeño quejido desde el pasillo. Cuando giré, ahí estaba Sofía, despeinada, Pero ya cambiada para el trabajo con una mano en la frente y una expresión de resaca que, sinceramente, me pareció adorable.

Corazón blindado Donde viven las historias. Descúbrelo ahora