El día estaba hermoso. Ni una nube, ni un solo motivo para no sonreír. Caminaba por la vereda con un ramo enorme de flores en la mano, casi tan grande como mi entusiasmo. Rosas blancas, lirios y una sola rosa roja en el centro. La vendedora me dijo que era un arreglo “romántico, pero con carácter”. Perfecto, igualito a Lara.
Subí al ascensor sonriendo como tonta, imaginando su cara cuando me viera entrar. Seguro frunciría el ceño fingiendo estar ocupada, diría algo sarcástico como “¿me trajiste flores o venís a distraer a mi secretaria?” y después terminaría derritiéndose cuando le besara la mejilla.
Cuando las puertas se abrieron en el piso de dirección, el ambiente estaba raro. Muy callado, más de lo habitual. Y, honestamente, cuando en un lugar como este reina el silencio… algo pasó.
Caminé hasta la oficina de Lara, saludando con una sonrisa forzada.
—Buenos días —dije, sosteniendo las flores con cuidado.
Una de las asistentes me devolvió una sonrisa nerviosa.
—Buenos días, señorita Pretovich. La señorita Leroy está dentro… con la abogada Vanessa.
—Perfecto —respondí, fingiendo normalidad aunque la curiosidad me comía viva.
Toqué la puerta con los nudillos, escuché un “adelante” y entré.
Lara estaba de pie junto a su escritorio, brazos cruzados, mirando a Vanessa como si acabaran de discutir. Ambas se quedaron en silencio al verme entrar.
—Hola, amor —dije, sonriendo ampliamente mientras alzaba el ramo—. Te traje flores, para iluminar un poco tu día.
La tensión en el aire se disolvió apenas mis palabras salieron de mi boca. Lara parpadeó, sorprendida, y después se le curvó esa sonrisa tan suya que me desarma cada vez.
—¿Flores? ¿Para mí?
—Claro. —Me acerqué y se las ofrecí—. Son para la abogada más hermosa de toda Rusia.
Vanessa soltó una risita ahogada.
—Ay, por favor, me voy antes de morir de azúcar —dijo mientras se dirigía a la puerta—. Nos vemos en la tarde, prima.
Cuando quedamos solas, Lara me rodeó la cintura y acercó su frente a la mía.
—Estás intentando sobornarme, ¿verdad?
—Depende… —le susurré con una sonrisa—. ¿Funcionó?
—Mmm… puede que sí —dijo, besándome suavemente.
Yo reí bajito y acaricié su mejilla.
—Sabía que te gustarían. No quería que tu primer día de vuelta en la oficina fuera tan serio.
—Contigo es imposible tener un día serio —respondió ella, con ese brillo en los ojos que tanto me encanta—. Pero gracias, Sofi. Me hacían falta flores… y tú entré mis brazos.
Me quedé mirándola un instante, completamente rendida.
Si ser su novia era un delito, juro que me declararía culpable feliz de la vida.
Lara dejó las flores sobre su escritorio y se sentó, pasándose una mano por el cabello como si intentara despejar algo de su mente. Yo me quedé de pie frente a ella, observándola en silencio.
Había algo raro. Esa sonrisa suya… era perfecta, pero tenía ese toque forzado que solo yo podía notar.
Me crucé de brazos y ladeé la cabeza.
—¿Sucedió algo? —pregunté despacio.
Lara alzó la vista, sorprendida por mi pregunta, y negó con una sonrisa tranquila.
—No, nada, amor. Todo estuvo… tranquilo. —Dijo esa última palabra con una pausa mínima, casi imperceptible.
—¿Tranquilo? —repetí, alzando una ceja.
—Sí —contestó, girando la silla para mirar por la ventana—. Ya sabes, solo trabajo, papeleo, un poco de estrés… lo de siempre.
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Corazón blindado
RomanceTras ser plantada en el altar, Lara decide no volver a sentir, así cerrando su corazón. Todo cambia cuando aparece Sofía, una chica narcisista, divertida y llena de fuego, que desafía sus muros y la obliga a redescubrir el riesgo -y la belleza- de v...
