Dieciocho años después de haber sido expulsada por amar a quien no debía, Isabela regresa a la hacienda que alguna vez llamó hogar.
No busca venganza... sino respuestas, y tal vez una nueva oportunidad de empezar.
Allí la espera Graciela, la esposa...
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Me despierto y algo está mal.
No sé qué. No hay razón. No pasó nada.
Pero todo se siente... pesado.
Como si alguien pusiera un peso en mi pecho durante la noche y ahora no puedo respirar apropiadamente. Como si mis pulmones hubieran olvidado cómo funcionar. Cada inhalación requiere esfuerzo consciente—un recordatorio deliberado de inhala, ahora exhala—como si mi cuerpo hubiera olvidado cómo hacer esta cosa básica que ha estado haciendo automáticamente durante veinte y cinco años.
Cada exhalación se siente incompleta. Como si no pudiera vaciar mis pulmones completamente. Como si algo estuviera sentado en mi pecho, presionando hacia abajo, forzándome a tomar respiraciones poco profundas y insatisfactorias que me dejan sintiendo que me estoy ahogando en aire.
Mi corazón late extraño también. No rápido exactamente. Pero pesado. Cada latido se siente trabajoso. Como si mi corazón estuviera cansado. Como si hubiera estado corriendo un maratón mientras dormía y ahora está protestando tener que seguir funcionando.
Me quedo acostada mirando el techo, tratando de identificar qué es. Tratando de encontrar la razón. Tratando de darle nombre a esta cosa que se ha envuelto alrededor de mí como una manta pesada hecha de plomo.
La luz del amanecer se cuela por las cortinas—esas cortinas azul pálido que he tenido por años, que probablemente debería reemplazar pero nunca lo hago porque hay cosas más importantes en qué gastar dinero. La tela está desteñida por el sol. Tiene pequeñas manchas de quién sabe qué. Una costura está comenzando a deshacerse en la esquina.
Normalmente no noto estas cosas. Normalmente las cortinas son solo... cortinas. Funcionales. Ahí.
Pero hoy cada imperfección se siente como evidencia de mi fracaso. Como un recordatorio físico de todo lo que no he hecho, todo lo que he descuidado, todo lo que está mal en mi vida.
Son solo cortinas, me digo. No seas ridícula.
Pero no puedo parar de mirarlas. No puedo parar de ver cómo la luz se filtra a través de las partes más delgadas donde la tela se ha desgastado. Cómo las sombras de los árboles afuera danzan en patrones que se sienten vagamente amenazantes aunque sé que es solo mi cerebro siendo irracional.
La luz es suave, gris, del tipo que normalmente me gusta. La hora tranquila antes de que el mundo despierte. Antes de que las niñas comiencen a hacer ruido. Antes de que las demandas del día comiencen a acumularse.
Pero hoy la luz se siente ofensiva. Demasiado brillante. Demasiado presente. Demasiado insistente. Exigiendo que me levante cuando todo lo que quiero—todo lo que necesito—es quedarme aquí, bajo estas sábanas, escondida del mundo que repentinamente se siente demasiado grande, demasiado ruidoso, demasiado exigente.
¿Es algo que soñé? Trato de recordar. Trato de alcanzar los fragmentos de sueños que se desvanecen rápidamente como humo cuando trato de agarrarlos.