Capítulo 25

10.8K 528 295
                                        

Me despierto lentamente, flotando en ese espacio nebuloso entre el sueño y la vigilia donde todo es suave y cálido y perfecto

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Me despierto lentamente, flotando en ese espacio nebuloso entre el sueño y la vigilia donde todo es suave y cálido y perfecto.

Mis ojos permanecen cerrados, mi cuerpo pesado y satisfecho de una forma que no recuerdo haber sentido nunca. Hay un dolor—pero es diferente. Bueno.

Y por un momento, solo por un momento bendito, me permito existir en ese espacio feliz donde todo lo de anoche fue real.

Pero entonces mi cerebro comienza a despertar completamente. La lógica. La razón. El miedo.

Y el pensamiento llega como agua fría: Fue otro sueño.

Tiene que haberlo sido. Porque cosas así no me pasan a mí. Cosas hermosas y perfectas no son para Graciela Pitti.

No soy la mujer que es adorada por alguien como Isabela Arosemena.

La tristeza me golpea primero—pesada y familiar como una vieja amiga que nunca se va completamente. Seguida inmediatamente por enojo. Enojo conmigo misma por ser tan patética. Por soñar con cosas que no puedo tener. Por despertar otra vez a la realidad donde estoy sola en mi cama y todo lo hermoso fue solo mi imaginación trabajando horas extras.

Pretendo levantarme de la cama, ya preparándome mentalmente para otro día, cuando escucho algo que me hace congelar completamente.

Un leve ronquido.

Suave. Apenas audible. Pero definitivamente ahí.

Y una respiración cálida cerca mío. Tan cerca que puedo sentirla rozando mi frente.

Mi corazón se detiene. Literalmente se detiene por un segundo completo antes de comenzar a galopar como caballo desbocado.

Abro los ojos lentamente, parpadeando contra la luz brillante de la mañana.

Los rayos de sol se cuelan por mis viejas cortinas—esas cortinas azul pálido que probablemente tienen veinte años y que debería reemplazar pero nunca lo hago porque hay cosas más importantes en qué gastar dinero. La luz es dorada y cálida, pintando todo en tonos de miel y ámbar, haciendo que las motas de polvo que flotan en el aire parezcan pequeñas estrellas.

Y entonces veo a Isabela.

Dios.

Isabela.

Está aquí. Realmente aquí. No fue un sueño.

Está acostada a mi lado—no, debajo de mí, porque me doy cuenta con un sobresalto que estoy prácticamente encima de ella, mi cabeza descansando en su hombro, mi brazo cruzado sobre su estómago, mi pierna enredada con las suyas.

La luz del sol la baña en ese resplandor dorado, haciendo que parezca algo salido de una pintura renacentista. Un ángel. Una diosa. Algo demasiado hermoso para ser real.

Su cabello—ese cabello café oscuro que tanto me gusta—está completamente despeinado, esparcido sobre la almohada en ondas caóticas que algunas mechones caen sobre su frente, sobre sus mejillas. Uno en particular cruza su nariz, moviéndose ligeramente con cada exhalación.

Marchita La Bella FlorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora