[Prólogo]

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Ocurre como la demostración tácita de que Dios existe y sus milagros son entregados a través de manos bondadosas, representando al padre y la madre que aceptan al hijo pródigo de vuelta en casa. Que lo acogen con brazos abiertos, perdonando sus pecados de manera renovadora; como si fuera nueva luz, aliento fresco en mañanas de verano.

Así se siente conocer a Kash, de aquella manera le cosquillea el cuerpo una vez que han entablado una conversación absurda con respecto de porqué las bolsas de papel son mejores que las de plástico reutilizable para comprar verduras en el mercado local y cuantos árboles perecen bajo las manos de las monstruosas cadenas, dueñas de bolsas de papel.

Es como ese abrazo del hijo arrepentido que los labios del mayor bañan sus mejillas cuando aprenden a amarse por primera vez en la oscuridad de su habitación, la forma en que saben compartir secretos de infancia en la oscuridad de la noche, buscando el brillo de sus ojos entre la penumbra como si pudiese verlos a la luz del día, imaginando la sonrisa llena de dientes, los cabellos exuberantemente rubios que le aturdieron los ochocientos treinta y tres días con cuatro horas y quince minutos que dedico para amar a ese hombre, que vertió su vida sin remordimiento alguno; para luego dejarse corroer por los miedos y el dolor de su propia incapacidad de amar a una persona por demasiado tiempo sin autodestruirse lentamente desde adentro.

Por eso decide embotellar sus recuerdos dentro de un frasco de mermelada, junto con las constelaciones, los ojos de estrella que Kash dijo que poseía y le hicieron llorar por sentirse hermoso por primera vez en su vida.

Sólo él, sus lágrimas embotelladas y las constelaciones mirándole con mermelada en las estrellas.

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