Capítulo 23

10.9K 589 411
                                        

Dios da sus peores batallas a sus mejores guerreros, pero

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Dios da sus peores batallas a sus mejores guerreros, pero... ¿DÍGANME CUÁNDO FUE QUE YO ME ENLISTÉ?!

Con Vicente pasé una cantidad de torturas tan agonizantes que todavía me duelen al recordarlas. Pero puedo decir con total certeza que ninguna—ninguna—se compara a la que es Isabela Arosemena.

¿Quién sale medio desnuda para buscar—lo que sea que se haya salido a buscar?

Puedo jurar—jurar sobre la Biblia que está en mi mesita de noche—que me está provocando deliberadamente. Debo estar loca pensando cosas que no son. Debe ser mi imaginación trabajando horas extras. Pero su sonrisa burlona y ladina, esa sonrisa que se extiende lentamente por su cara como si supiera exactamente lo que está haciendo, me hace creer lo contrario.

Me hace pensar que cada movimiento es calculado. Cada roce "accidental" es completamente intencional. Cada vez que sale de la ducha con solo una toalla, es porque sabe—sabe—lo que me hace.

Admito que en estos días mis celos han reducido considerablemente. Esos arranques irracionales que me daban constantemente—esa necesidad de tirar flores en la basura y huir cada vez que la veía—se han calmado un poco.

Pero la vergüenza e incertidumbre persisten como nubes de tormenta que se niegan a dispersarse.

A pesar de estar tratando de evitarla como una de las 7 plagas de Egipto—y créanme, he sido muy creativa en mis métodos de evasión—Isabela es una buena persona. Es obvio que solo quiere hablarme para rechazarme gentilmente y decirme que lo que hice fue súper inapropiado. Que está halagada pero que no siente lo mismo. Que podemos olvidar que pasó y seguir siendo familia política feliz.

Ya. Pero arrepentimiento: 0%.

Soy una sinvergüenza total y completa.

Ese medio minuto donde mis labios se juntaron con los suyos han sido los mejores treinta segundos de mi existencia. He vivido veinte y cinco años en este planeta y nada—nada—se ha sentido tan correcto, tan perfecto, tan absolutamente necesario como ese beso.

Pero a ver... Isabela no me buscó después que salí deliberadamente a buscar los huevos a los establos.

Pero igual, si ella no fue a buscarme inmediatamente, con eso ya me dijo que no me correspondía. ¿No?

Ay, no sé.

¿Ya es sumamente tarde para tener un gay panic? ¿Bi-panic? ¿Isabela-panic?

Ay, no sé. Qué vaina más complicada. Soy una mujer desastre que no puede dejar de pensar en los labios de su cuñada que es 10 años mayor que ella.

Dios.

Pero ese beso me había hecho sentir más viva que ocho años completos con Vicente. Ocho años de matrimonio, de compartir una cama, de besos mecánicos y bruscos que se siempre se sintieron como cumplir con una obligación. Y treinta segundos con Isabela habían borrado todo eso, habían reescrito mi comprensión de lo que se supone que debe sentirse un beso.

Marchita La Bella FlorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora