Capítulo 22

8.5K 532 254
                                        

Mmm

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Mmm...

Yo juraba que no había nada más complicado de entender que la Bioquímica Orgánica que di en el primer año en la universidad. Esa clase maldita donde pasé noches enteras tratando de memorizar estructuras moleculares que parecían diseñadas específicamente para hacer que mi cerebro sangrara.

Eso definitivamente fue antes de conocer a Graciela Pitti.

Justo cuando pienso que estoy llegando a comprenderla, que finalmente estoy descifrando el código, me sorprende con ese caráctercito tan particular que tiene, tan único, tan completamente ella que me deja completamente desarmada.

Estoy aquí parada en medio de la cocina, con los labios entreabiertos como una idiota, viendo por donde se fue Graciela hacia los establos como si el diablo mismo la persiguiera.

Las niñas siguen absortas en su película en la sala—gracias a Dios—completamente ajenas al hecho de que su madre acaba de besar a su tía y luego huyó como si se hubiera quemado.

Aún estoy tratando de procesar todo lo que acaba de pasar en los últimos treinta segundos.

Porque Graciela Pitti—la mujer que durante semanas había estado evitando cuidadosamente estar a solas conmigo, que apenas me miraba directamente a los ojos, que se sonrojaba cada vez que nuestros dedos se rozaban accidentalmente—acababa de besarme.

Ella me besó a .

Y luego huyó como si hubiera cometido un crimen.

Pero primordialmente—lo más importante, lo único en lo que mi cerebro puede enfocarse—aún tengo el sabor de sus labios en los míos.

Café. Ella sabía a café con un toque de chocolate que había masticado después del desayuno. Y algo más, algo dulce y únicamente Graciela que hace que quiera perseguirla hasta esos establos y exigir otro beso, uno más largo esta vez, uno donde realmente pueda saborearla.

Y sin pensarlo, sin poder detenerme, sonrío mientras me toco los labios con las yemas de mis dedos.

Todavía puedo sentir la presión de su boca contra la mía. La forma en que sus manos habían agarrado mi cara con una desesperación que me había dejado sin aliento. El pequeño sonido que había hecho cuando nuestros labios se encontraron—algo entre un gemido y un suspiro que se grabó directamente en mi memoria.

Treinta segundos. Tal vez menos. Pero fueron los mejores treinta segundos de mi vida.

Entendí que estaba celosa—eso había sido obvio desde el momento en que mencioné a Mercedes, desde que la vi fruncir esa nariz perfecta cuando Julieta preguntó sobre las flores. Pero quería escucharlo de sus labios, de sus hermosos y perfectos labios que acababan de estar presionados contra los míos.

Quería escuchar las palabras: "Estoy celosa. Me gustas."

Estoy procesando aún que sí le gusto. Que Jackson—ese bastardo presumido—tenía razón.

Marchita La Bella FlorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora