Dieciocho años después de haber sido expulsada por amar a quien no debía, Isabela regresa a la hacienda que alguna vez llamó hogar.
No busca venganza... sino respuestas, y tal vez una nueva oportunidad de empezar.
Allí la espera Graciela, la esposa...
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Esa noche, después de instalar a Guapo en la planta de arriba—a pesar de las miles de súplicas de las mellizas para que durmiera con ellas, opté por un rotundo no hasta que se diera un buen baño—me encontré acostada en mi cama, mirando el techo de mi cuarto como si las respuestas a todas mis preguntas estuvieran escritas en las grietas del yeso.
El silencio de la noche era casi ensordecedor, interrumpido solo por el ocasional ladrido suave de Guapo adaptándose a su nuevo hogar y el canto distante de los grillos afuera.
Había estado tratando—Dios sabe que había estado tratando—de nunca estar en una habitación sola con Isabela. Porque sentía que ahora, después de tanto reprimir esta atracción por ella, había hecho erupción como si se tratara del Volcán Barú. Y yo me sentía igual de ardiente que la lava que fluye sin control por sus laderas.
Y estaba muerta de vergüenza.
Porque ella no había hecho más que ser un cielo aquí en la tierra para mí y mis hijas. Nos había dado refugio cuando más lo necesitábamos, había invertido su propio dinero en nosotras, había defendido a mis hijas, me había defendido a mí incluso cuando eso significaba ponerse en peligro.
Y aquí estaba yo, comiéndola con la mirada.
En los momentos y lugares más inadecuados de la historia.
Como esta mañana, cuando se había agachado para recoger un juguete que las mellizas habían dejado en el suelo y sus jeans se habían ajustado de una forma que hizo que mi boca se secara instantáneamente. O ayer en la tarde, cuando había estado trabajando con los caballos y el sudor había hecho que su camiseta se pegara a su cuerpo, delineando cada curva, cada músculo de su abdomen. O hace dos días, cuando se había estirado para alcanzar algo en el estante superior de la cocina y su camisa se había levantado revelando una franja de piel que quería trazar con mis dedos, con mi lengua...
Que Dios me reprenda.
Me llevé las manos a la cara, sintiendo cómo mis mejillas ardían en la oscuridad de mi habitación.
Pero es que últimamente, mis hormonas y pensamientos no hacían más que irme en contra. Era como si mi cuerpo hubiera decidido despertar después de años de hibernación forzada, y ahora exigía atención con una intensidad que me aterraba y me emocionaba al mismo tiempo.
Además, ¿a mí de cuándo acá me han gustado las mujeres?
No es que hubiera algo malo con eso—ahora lo sabía, ahora lo entendía con una claridad cristalina—sino que la posibilidad estaba tan guardada y enterrada tan pero tan abajo que nunca la había considerado. A pesar de ya no ser un tema tan tabú en esta sociedad moderna, en mi casa, en mi entorno, me lo pintaron como lo más mundano y peor que pudiera existir.
Recordé las palabras de mi padre, escupidas con veneno: Miralos a esos maricones y cuecas desfilando me dan asco.
Recordé los sermones en la iglesia cuando era niña, el padre hablando del pecado y la abominación.