Capítulo 18

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Han pasado un par de semanas desde ese primer día de colegio

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Han pasado un par de semanas desde ese primer día de colegio.

Semanas que se sienten como un sueño del que todavía no me he despertado.

Las niñas están floreciendo. No hay otra palabra para describirlo. Julieta llega cada día con historias sobre sus nuevas amigas, sobre la biblioteca del colegio que según ella "tiene MÁS libros que una librería de verdad, mami". Las mellizas no paran de hablar sobre su maestra de arte, sobre los juegos en el recreo, sobre cómo ya no tienen miedo de ir a la escuela.

Y yo...

Yo estoy aprendiendo a vivir otra vez.

A trabajar con propósito, no solo por supervivencia. A sentir el sol en mi piel sin miedo de que alguien me grite por estar "perdiendo el tiempo". A reír sin tener que medir el volumen.

Isabela me ha enseñado todo sobre la hacienda. Cómo funciona cada cosa. Cómo cuidar de cada animal. Y poco a poco, he empezado a sentir que esto no es solo su lugar.

Es nuestro lugar.

Pero hay algo más.

Algo que he estado tratando de ignorar durante estas semanas.

Algo que se niega a desaparecer sin importar cuánto lo intente.

Estoy parada en el corral, mirando a los caballos que pacen tranquilamente bajo el sol de la tarde

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Estoy parada en el corral, mirando a los caballos que pacen tranquilamente bajo el sol de la tarde.

Han mejorado tanto en estas semanas. Con los cuidados constantes de Isabela, con la comida adecuada, con atención y amor, están casi irreconocibles comparados con cómo estaban cuando ella llegó.

—¿Lista para tu primera lección? —dice una voz detrás de mí.

Me volteo y encuentro a Isabela caminando hacia mí con dos cascos de montar en las manos y esa sonrisa que hace que algo en mi estómago haga piruetas.

—¿Ahora? —pregunto, sintiendo los nervios de inmediato.

—Ahora. Los caballos están lo suficientemente fuertes. Y tú has estado posponiendo esto por días.

Marchita La Bella FlorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora