Dieciocho años después de haber sido expulsada por amar a quien no debía, Isabela regresa a la hacienda que alguna vez llamó hogar.
No busca venganza... sino respuestas, y tal vez una nueva oportunidad de empezar.
Allí la espera Graciela, la esposa...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
El resto de la mañana pasa en una especie de niebla.
Limpié la cocina hasta que brilló. Lavé la ropa de las niñas y la tendí en el patio trasero. Barrí todos los pisos. Organicé la despensa que Isabela llenó con todas esas compras.
Mantenerme ocupada es más fácil que pensar.
Aunque, siendo honesta conmigo misma, probablemente Isabela solo estaba siendo amable. Diciendo que le caigo bien. Que le agrado. No en ese sentido que las mellizas interpretaron con su inocencia infantil.
Porque ¿por qué alguien como ella iba a verme de esa forma?
Es ridículo solo pensarlo.
Pero aun así, no puedo sacármelo de la cabeza.
Las niñas están jugando en la sala, con sus mochilas nuevas ya listas para mañana. Las escucho reír, hablar entre ellas, completamente ajenas al caos silencioso que está ocurriendo dentro de mi cabeza.
E Isabela...
Isabela desapareció después del desayuno.
La vi salir hacia los establos hace horas, pero no ha regresado. Y está bien. Es mejor así. Menos incómodo para ambas después de... bueno, después de esta mañana.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Cuando llega el mediodía, la lasaña está lista. Preparé suficiente para un pequeño ejército—como siempre hago—y puse la mesa con platos limpios y vasos llenos de jugo de maracuyá.
—¡Niñas! —llamo—. ¡A almorzar!
Las mellizas llegan corriendo inmediatamente, peleando por ver quién se sienta primero. Julieta viene detrás, más calmada como siempre, con su libro nuevo todavía en las manos.
Pero falta alguien.
Espero un minuto. Luego otro.
Isabela no aparece.
Frunzo el ceño, mirando hacia la puerta de la cocina como si con solo mirarla fuera a materializarse.
Es extraño. Isabela nunca ha faltado a una comida desde que llegó. Siempre es la primera en aparecer, ayudando a poner la mesa, robándose pedacitos de comida mientras cocino.