Dieciocho años después de haber sido expulsada por amar a quien no debía, Isabela regresa a la hacienda que alguna vez llamó hogar.
No busca venganza... sino respuestas, y tal vez una nueva oportunidad de empezar.
Allí la espera Graciela, la esposa...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
No puedo dormir.
Ya van tres horas dando vueltas en la cama, mirando el techo, escuchando el silencio de la hacienda. Las niñas están profundamente dormidas en su habitación—las escuché hace rato, con su respiración suave y acompasada. Pero yo no puedo apagar mi mente.
Sigo pensando en hoy.
En todo.
En la escuela. En el supermercado. En las bolsas y bolsas de comida que ahora llenan la despensa. En las mochilas nuevas colgadas en los ganchitos junto a la puerta. En el libro que Julieta se llevó a la cama como si fuera un tesoro.
En Isabela.
Siempre vuelvo a Isabela.
A la forma en que cubrió mi mano con la suya en el supermercado, cuando yo estaba a punto de colapsar de la ansiedad por todo el dinero que estaba gastando en nosotras.
Su mano era cálida. Firme. Pero no agresiva. No posesiva.
Solo... tranquilizadora.
Y no me congelé.
No retrocedí.
No entré en pánico.
¿Por qué no entré en pánico?
Me siento en la cama, abrazando mis rodillas contra el pecho, y trato de entender qué está pasándome.
Cuando Vicente me tocaba—cualquier toque, incluso los que supuestamente eran "cariñosos"—mi cuerpo entero se tensaba. Mi piel se erizaba. Mi estómago se retorcía. Cada célula de mi ser gritaba *peligro, peligro, aléjate*.
Pero cuando Isabela me tocó hoy...
Fue diferente.
Fue como... como cuando el sol te toca la piel después de estar mucho tiempo en la sombra. Cálido. Reconfortante.
Seguro.
Y eso me confunde más que cualquier otra cosa.
Porque no entiendo por qué mi cuerpo reacciona diferente con ella. Por qué no siento miedo. Por qué, de hecho, una parte de mí quería que no soltara mi mano.
¿Qué me pasa?
Me levanto de la cama, porque quedarme acostada solo hace que los pensamientos se vuelvan más ruidosos. Me pongo una bata sobre el camisón y camino descalza hacia la ventana.
La luna está casi llena esta noche, iluminando los campos de la hacienda con esa luz plateada que hace que todo se vea irreal. Como un sueño. O un recuerdo.
Puedo ver las siluetas de los establos a lo lejos. El árbol de mango donde las niñas jugaron esta tarde. El camino de tierra que lleva a la entrada.
Y luz.
Hay luz encendida en una de las ventanas del ala oeste.