capitulo treinta y tres

6.4K 375 42
                                        

La noche había caído sobre París como una caricia. Las luces del Sena se reflejaban en el agua, y el sonido lejano de un saxofón llenaba el aire. Caminábamos de la mano, riéndonos todavía por alguna tontería que Sofía había dicho sobre mi pésima pronunciación en español.

—No se dice “note lindo”, se dice “Noche linda”. —me corrigió, riendo.
—Ajá, y tú hace un momento le pediste al mozo un “capuchino frío sin leche caliente”. —le respondí, alzando una ceja.

Sofía estalló en carcajadas.
—Bueno, bueno… punto para ti, señora perfecta.
—Siempre. —le guiñé un ojo.

Seguimos caminando hasta que el ruido de la ciudad se fue quedando atrás.
El puente estaba casi vacío, iluminado por faroles amarillos y rodeado de ese aire fresco que huele a río y promesas.

Nos detuvimos en el medio, sin decir nada por unos segundos.
Solo el silencio, el agua, y su mano cálida aferrada a la mía.

Entonces Sofía me miró.
Sus ojos brillaban con una intensidad que me dejó inmóvil.
—Lara… —dijo en voz baja, temblando un poco—. No me dejes ir.

Mi pecho se apretó.

—No quiero que me sueltes. —continuó—. Yo… te quiero amar toda la vida. Dormir contigo, amanecer contigo. Sé que para ti no es fácil, pero no me dejes ir.
Su voz se quebró—. Quiero tener una familia contigo.

El mundo pareció detenerse.
Mis labios temblaron antes de poder decir algo, porque no sabía si llorar o reír o simplemente besarla hasta que no quedara aire.

Me acerqué, la tomé del rostro y sentí que se me escapaba un sollozo.
—Yo jamás te soltaría, Sofí. —susurré—. Jamás.

Ella apoyó su frente en la mía, y respiró hondo, como si también lo necesitara.
—Quiero todo contigo, Sofía… —agregué, con la voz hecha un hilo—. Todo. Lo bueno, lo malo, lo caótico. Quiero envejecer contigo, reír contigo, cuidar de ti. Eres mi ángel hermoso… y no pienso dejarte ir nunca más.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, igual que los míos.
Nos quedamos ahí, abrazadas, con París a nuestros pies y el corazón latiendo demasiado rápido.

Después, sin decir nada más, la besé.
Fue un beso lento, de esos que no se apuran, que dicen todo lo que las palabras ya no alcanzan.

Cuando nos separamos, Sofía apoyó su cabeza en mi hombro y murmuró con una sonrisa cansada:
—Prometiste no soltarme.
—Y pienso cumplirlo. —respondí, entrelazando nuestros dedos con fuerza.

El viento sopló suave, como si el universo quisiera sellar ese momento.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que el caos había encontrado su lugar.

Nosotras.

Volvimos caminando despacio, todavía con la risa colgada en los labios. Sofía llevaba mi saco sobre los hombros porque decía que el aire nocturno de París era más frío que mis excusas para no bailar. Yo, sinceramente, no podía dejar de mirarla. Estaba hermosa. Y tranquila, como si el mundo finalmente se hubiera detenido para nosotras.

Pero el mundo, claro… nunca se detiene.

Apenas doblamos la esquina del edificio, el silencio se rompió con una ráfaga de flashes y voces.

—¡Señorita, Lara! ¿Es cierto que volvio con su ex prometida?
—¿Quién es la joven que la acompaña?
—¡Una sonrisa por aquí, doctora!

Sofía se sobresaltó y me apretó la mano. Había al menos veinte paparazzi frente a la entrada, cámaras, micrófonos, hasta un tipo con un dron sobrevolando.

Corazón blindado Donde viven las historias. Descúbrelo ahora