Capítulo 13

5K 448 71
                                        

Me quedé congelada

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Me quedé congelada.

Completamente congelada, como si alguien hubiera presionado un botón invisible que detuvo todo mi cuerpo. Mi respiración. Mi corazón. Mi capacidad de pensar.

Porque ella me tocó.

Isabela me tocó.

Fue un gesto simple. Inocente, incluso. Solo quitó un mechón de cabello que el viento había movido hasta mi rostro y lo colocó detrás de mi oreja. Sus dedos apenas rozaron mi piel—un roce tan suave que debería haber sido imperceptible.

Pero lo sentí como un rayo.

Como un trueno que atravesó todo mi cuerpo y despertó algo que había estado dormido—o muerto—durante tanto tiempo que ya había olvidado que existía.

Y con ese despertar vino el miedo.

El miedo que conozco tan bien. El miedo que vive en mis huesos como un inquilino permanente. El miedo que me dice que cada gesto amable es una trampa. Que cada contacto físico es el preludio de algo peor.

Retrocedí sin pensar. Mi cuerpo se movió por instinto, alejándose de ella, buscando distancia, buscando seguridad.

Y vi cómo algo en el rostro de Isabela se rompió.

Levantó las manos inmediatamente, como si yo fuera un animal asustado que necesitaba espacio.

—Lo siento —dijo rápidamente, con voz temblorosa—. Lo siento, yo... no debí... lo siento.

Y la forma en que lo dijo—con esa culpa genuina, con esa urgencia por retractarse—me hizo sentir peor.

Porque no fue su culpa.

Fue mía.

Siempre ha sido mía.

Ahora estoy de vuelta en la cocina, preparando el almuerzo con manos que todavía tiemblan ligeramente.

Las niñas están en la sala, jugando con unos bloques viejos que encontraron en el ático. Puedo escuchar sus risas—esas risas que suenan más libres cada día que pasa sin Vicente—y debería reconfortarme.

Pero no puedo dejar de pensar en lo que pasó en el corral.

En la forma en que Isabela me miró cuando retrocedí.

No con rabia. No con frustración.

Con tristeza.

Como si mi miedo la lastimara a ella también.

Corto las cebollas con más fuerza de la necesaria, dejando que las lágrimas—que pueden ser de la cebolla o no—corran libremente por mis mejillas.

¿Qué me pasa?

Isabela no es Vicente. Lo sé. Racionalmente, lo sé.

Vicente nunca me habría tocado con esa delicadeza. Sus manos siempre fueron armas: empujones, jalones, puños cerrados. Nunca suavidad. Nunca ternura.

Marchita La Bella FlorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora