Dieciocho años después de haber sido expulsada por amar a quien no debía, Isabela regresa a la hacienda que alguna vez llamó hogar.
No busca venganza... sino respuestas, y tal vez una nueva oportunidad de empezar.
Allí la espera Graciela, la esposa...
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La mañana siguiente llega con ese sol chiricano que no perdona, el que te quema la piel en segundos y te recuerda que esta tierra no es para débiles.
Salgo de la casa después del desayuno—después de despedir al capataz misógino con una sonrisa que probablemente va a perseguirme en mis sueños—y me dirijo hacia los establos con las tres niñas siguiéndome como patitos.
Magdalena y Margarita van adelante, saltando sobre las piedras del camino, señalando las flores silvestres que crecen entre la maleza. Julieta camina a mi lado, en silencio, con las manos metidas en los bolsillos de su vestido y esa expresión seria que nunca abandona su rostro.
El aire huele a tierra caliente y hierba seca.
Y mientras caminamos, no puedo dejar de mirar alrededor.
Los muros de la hacienda están despintados, con grietas que parecen cicatrices. Los cercos están caídos en varios lugares, dejando que el ganado—lo poco que queda—ande por donde le dé la gana. Los árboles frutales que mi padre plantó con tanto cuidado están descuidados, con ramas muertas colgando como huesos rotos.
Todo lo que alguna vez fue hermoso aquí está herido.
"Si lo que dijo Jax es cierto... entonces esta mujer ha vivido el infierno aquí dentro."
El pensamiento me golpea sin aviso, y algo en mi pecho se aprieta dolorosamente.
Porque si la hacienda está así—rota, descuidada, olvidada—¿Cómo habrá sido para Graciela vivir aquí durante ocho años?
¿Cuántas veces habrá pedido ayuda?
¿Cuántas veces habrá intentado huir?
¿Cuántas veces habrá caído y tuvo que levantarse sola?
Sacudo la cabeza, tratando de despejar esos pensamientos. No me ayudan. Solo me hacen sentir una rabia impotente contra un hombre que ya está fuera de mi alcance.
—¿Tía Isabela? —la voz de Magdalena me saca de mi espiral mental—. ¿Estás bien?
Le sonrío, forzándome a suavizar el tono.
—Sí, mi amor. Solo estaba pensando en todo lo que tenemos que hacer para arreglar este lugar.
—¿Vas a arreglarlo? —pregunta Margarita con esos ojos verdes brillantes de esperanza.
—Voy a intentarlo —respondo sinceramente—. Pero necesito ayuda. ¿Me ayudan?
Las mellizas asienten con entusiasmo.
Julieta no dice nada, pero veo cómo sus hombros se relajan un poco.
Cuando llegamos a los corrales, el estado de los animales me rompe el corazón otra vez.
Hay tres vacas flacas, con las costillas marcándose bajo la piel pálida. Dos caballos con las crines tan enredadas que parecen nidos de pájaros. Las gallinas están desnutridas, picoteando desesperadamente el suelo seco buscando algo—lo que sea—para comer.