Capítulo 11

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Graciela

Me despierto de golpe, con el corazón acelerado.

La luz entra por la ventana con esa intensidad que solo viene después de las siete de la mañana. Miro el reloj en la mesita de noche y el pánico me atraviesa como un rayo: ocho en punto.

Ocho.

El desayuno debería estar listo hace más de una hora y media.

Mi cuerpo se mueve antes de que mi mente pueda procesar completamente. Es un reflejo condicionado después de tantos años. Me levanto de la cama tan rápido que me mareo, busco mi bata colgada en la silla y me la pongo con manos temblorosas. Las sandalias están donde siempre, junto a la cama, esperándome.

Me miro en el espejo roto que cuelga de la pared—uno de los tantos recordatorios de la violencia que vivió esta casa—y veo lo que siempre veo: una mujer cansada, de veinticinco años que parece tener cuarenta, con ojeras profundas y el cabello despeinado.

Pero hay algo diferente hoy.

Vicente no está y Elena tampoco.

Lo pienso mientras me lavo la cara rápidamente con el agua fría en el lavavo. Vicente no está aquí para gritarme si el café no está caliente. No está aquí para tirar el plato si la comida no está a su gusto. No está aquí para jalarme del cabello si me atrevo a mirarlo mal.

Debería sentir alivio.

Y lo siento.

Pero el miedo se quedó grabado en mi cuerpo como una cicatriz invisible. Mi mente sabe que él no está, pero mis manos todavía tiemblan. Mi estómago todavía se contrae. Mi respiración todavía se acelera.

Porque el miedo no desaparece sólo porque el monstruo se fue.

Salgo de mi habitación con pasos rápidos, lista para bajar a la cocina y preparar algo, lo que sea, antes de que alguien se dé cuenta de mi falta.

Pero me detengo.

En el pasillo, al inicio de las escaleras, están mis tres hijas.

Magdalena y Margarita—están asomadas sobre el barandal, con esos ojos verdes idénticos abiertos de curiosidad. Sonríen. Algo que no había visto en días. Magdalena se muerde el labio inferior, tratando de no reírse en voz alta. Margarita se agarra del brazo de su hermana, temblando de risa contenida.

Julieta, está un paso atrás, sería como siempre, observando todo con esa inteligencia que a veces me asusta. No sonríe, pero hay algo en su expresión que no es miedo. Es... curiosidad. Expectativa.

—¿Qué pasa? —susurro, acercándome a ellas.

Magdalena se gira hacia mí con ese brillo travieso que casi había olvidado que existía en ella.

—Escucha, mami —dice en voz baja.

Y entonces la escucho.

Música.

Música que sube desde la cocina. Una canción en inglés que no reconozco de inmediato, con un ritmo suave pero pegajoso. Una voz femenina canta por encima de la melodía, clara, alegre, sin vergüenza.

"She's got Bette Davis eyes..."

Es Isabela.

La voz viene de abajo, acompañada de sonidos de sartenes, de algo friéndose, del tintineo de platos.

Mis hijas me miran, esperando mi reacción.

Yo no sé qué hacer.

En esta casa nunca hubo música. Vicente odiaba el ruido. Elena consideraba que la música era una distracción innecesaria. El silencio era la regla. El silencio significaba seguridad.

Marchita La Bella FlorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora