Capítulo 10

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Isabela

El sonido del motor alejándose por el camino de grava es casi musical.

Me quedo de pie en el porche, con los brazos cruzados, viendo cómo el Mercedes negro de los abogados se aleja levantando una nube de polvo. Elena va en el asiento trasero, y aunque no puedo verle la cara desde aquí, sé exactamente qué expresión tiene: labios apretados, ojos llenos de veneno, la mandíbula tensa de rabia contenida.

Adiós, Elena. No te deseo suerte. No la mereces.

El aire está húmedo, cargado con ese olor a tierra mojada y pasto que caracteriza a Chiriquí. El cielo está nublado, amenazando con lluvia, pero todavía no cae. Es ese tipo de tarde donde todo parece estar esperando algo.

Y yo también estoy esperando algo.

No sé qué.

Tal vez esperando despertar y descubrir que todo esto fue un sueño. Que no estoy realmente de vuelta en la hacienda donde crecí. Que no acabo de echar a mi madrastra. Que mi vida no acaba de voltearse completamente en menos de una semana.

—Bueno —dice Jax detrás de mí, con esa voz perezosa que usa cuando está disfrutando del drama—, eso fue más civilizado de lo que esperaba.

Me volteo hacia él. Está apoyado en la baranda del porche, encendiendo un cigarrillo con movimientos lentos y deliberados. El humo se eleva en espirales hacia el cielo gris.

—Porque no viste mi cara de hace diez minutos —digo, soltando un suspiro que viene desde el fondo de mi pecho.

Jax se ríe, esa risa grave que siempre suena como si estuviera guardando un secreto.

—Oh, la vi. Creí que ibas a sacarle los ojos con una cuchara.

—La idea cruzó mi mente.

—Y te contuviste admirablemente. Estoy orgulloso.

Le lanzo una mirada y él levanta las manos en señal de rendición, todavía con el cigarrillo entre los dedos.

Me doy la vuelta para entrar a la casa, pero algo me detiene.

Alguien.

Al pie de las escaleras, casi escondida en las sombras del pasillo, está Graciela.

Tiene a las tres niñas detrás de ella como escudos vivientes. La mayor—Julieta, creo que dijo—se aferra a la falda de su madre con esos ojos color miel que parecen ver demasiado para una niña de siete años. Las gemelas se esconden completamente detrás, solo sus cabezas asomándose tímidamente.

Graciela lleva un vestido sencillo de algodón que le llega hasta las pantorillas, de color azul claro con pequeñas flores bordadas. Las mangas largas le cubren los brazos completamente. Tiene el cabello recogido en una trenza que cae sobre su hombro, con mechones sueltos enmarcando su rostro.

Me mira con una expresión que no puedo descifrar completamente. Hay desconfianza allí, eso es seguro. Pero también hay algo más. Algo que parece ser... esperanza. O tal vez solo es mi imaginación proyectando lo que quiero ver.

La luz tenue del pasillo cae sobre ella de una manera que hace que su piel brille suavemente. Tiene las manos entrelazadas frente a ella, los nudillos blancos de la tensión.

Y por alguna razón que no puedo explicar, siento que me falta el aire.

Hay algo en la forma en que se para—tan recta, tan compuesta, a pesar del miedo que veo en sus ojos—que me desarma completamente. Algo en la delicadeza de su rostro, en la curva de su cuello, en la forma en que protege a sus hijas con solo su presencia.

Marchita La Bella FlorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora