Graciela
La hacienda huele a abandono.
No es algo que pueda describir con precisión, pero lo siento en cada rincón. Es el olor de la madera sin pulir, del establo que nadie ha limpiado en días. Es el olor de algo que alguna vez fue grandioso y ahora se desmorona lentamente, como un cadáver hermoso pudriéndose bajo el sol.
Los animales están descuidados. Los caballos tienen las crines enredadas y los cascos sucios. Las vacas mugen con hambre en los corrales porque nadie las ha llevado a pastar. Los perros de la finca merodean nerviosos, buscando comida que nadie les da.
Los empleados se fueron. La gran mayoría.
Algunos huyeron cuando llegó la DEA, aterrorizados de ser arrestados como cómplices. Otros renunciaron en cuanto se enteraron de que las cuentas estaban congeladas y ya no habría forma de pagarles.
La casa está en caos.
Los abogados de Elena están por todas partes. Tres hombres con trajes caros y corbatas perfectamente anudadas, sentados alrededor de la mesa del comedor que alguna vez fue elegante y ahora está cubierta de papeles, carpetas, y tazas de café frío. Hablan en voz alta, discuten estrategias legales que no entiendo, usan palabras como "apelación" y "fianza" y "evidencia circunstancial".
Intentan lo imposible: liberar a Vicente.
Pero yo sé que es inútil. Vi las cámaras de televisión. Vi la cantidad de agentes que llegaron. Vi cómo sacaban cajas y cajas de evidencia de la casa. Esto no es un error. Esto no es una confusión.
Vicente es culpable.
Y todos lo sabemos.
Elena está fuera de control.
La he visto así antes, pero nunca a este nivel. Camina de un lado a otro de la sala como un animal enjaulado, con el cabello despeinado—algo impensable para ella, que siempre estaba impecable—, el maquillaje corrido, la ropa arrugada.
Grita. Todo el tiempo. Contra los abogados, contra mí, contra el universo.
—¡Esto es un robo! ¡Me congelaron todas las cuentas! ¡TODAS! ¡Las mías y las de la hacienda! ¡Confiscaron mis joyas! ¡Mis autos! ¿Cómo es posible que me hagan esto a MÍ?
Los abogados intentan calmarla, explicarle que es procedimiento estándar en casos de narcotráfico, que están trabajando en apelar las medidas cautelares.
Pero Elena no escucha. Nunca escucha.
—¡Tiene que haber una forma! ¡Paguen lo que sea necesario! ¡Sobornen a quien haya que sobornar! ¡No me importa! ¡Quiero a mi hijo libre!
Uno de los abogados—el mayor, con canas en las sienes y expresión cansada—suspira.
—Señora Elena, no funciona así. Esto es federal. La DEA no se puede sobornar tan fácilmente. Y aunque pudiéramos, las cuentas están congeladas. No tenemos acceso a fondos para...
—¡ENTONCES PARA QUÉ LES PAGO! —grita Elena, y tira una taza de café que se estrella contra la pared.
Yo observo todo esto desde el rincón de la sala, con mis tres hijas aferradas a mí.
Julieta, y esos ojos color miel que heredó de mí. Me aprieta la mano con fuerza, mirando a su abuela con una mezcla de miedo y desprecio. Es demasiado inteligente para su edad. Demasiado consciente de todo.
Magdalena y Margarita— Se esconden detrás de mí, agarradas de mi falda, mirándose entre ellas con esa comunicación silenciosa que solo ellas entienden.
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Marchita La Bella Flor
RomanceDieciocho años después de haber sido expulsada por amar a quien no debía, Isabela regresa a la hacienda que alguna vez llamó hogar. No busca venganza... sino respuestas, y tal vez una nueva oportunidad de empezar. Allí la espera Graciela, la esposa...
