Dieciocho años después de haber sido expulsada por amar a quien no debía, Isabela regresa a la hacienda que alguna vez llamó hogar.
No busca venganza... sino respuestas, y tal vez una nueva oportunidad de empezar.
Allí la espera Graciela, la esposa...
Una semana desde que vi las imágenes en la televisión y sentí que el mundo se abría bajo mis pies como un agujero negro. Una semana desde que apagué la pantalla con manos temblorosas y me dije a mí misma que no debía pensar en eso. Que no era mi problema. Que había dejado todo eso atrás hacía diecisiete años y no tenía por qué volver.
Pero no puedo dejar de pensar.
No puedo dejar de ver esas imágenes una y otra vez, como si alguien las hubiera grabado a fuego en mi cerebro.
La hacienda rodeada de agentes de la DEA. Y esa mujer. Esa hermosa mujer de rostro sereno pero tenso, como una cuerda de guitarra a punto de romperse. Y las niñas. Dios, las niñas.
No sé quiénes son. Asumo que deben ser la esposa de Vicente y sus hijas. Lo cual es una locura en sí mismo, porque Vicente es ocho años menor que yo. Cuando me fui de Panamá, él tenía diez. Un adolescente malcriado, consentido por Elena, que me miraba con ese desprecio aprendido.
Y ahora él tenia una familia.
Una esposa. Tres hijas.
Y por alguna razón retorcida, eso me deja un sentimiento agrio en el estómago, como es que un hombre tan nefasto como mi hermano, es premiado, con una esposa e hijas bellísimas, ¿que hice yo, en otra vida tan terrible? Como para no ser merecedora de una familia.
¿Tal vez ellas podrían aceptarme?
O tal vez solo estoy delirando.
Me he repetido mil veces que no debo pensar en esto. Que debo seguir adelante. Que debo concentrarme en mi vida aquí, en Denver, con mi consultorio y mis pacientes y mi futuro brillante y estable.
Pero la idea no me suelta.
Me persigue en sueños. Me despierta a las tres de la madrugada con el corazón latiendo tan fuerte que creo que va a salirse de mi pecho.
Y entonces hago lo que siempre hago cuando no sé qué hacer.
Llamó a Jax.
Jackson Castillo—"Jax" para los amigos, que somos básicamente todos porque el tipo no conoce a un extraño—es mi mejor amigo desde la escuela secundaria. Y cuando digo mejor amigo, no me refiero a ese tipo de amistad superficial donde se ven una vez al año y se ponen al día por Facebook. Me refiero a ese tipo de amistad donde sabes que si entierras un cadáver, esa persona va a aparecer con la pala y sin hacer preguntas.
No es que yo haya enterrado ningún cadáver. Pero si lo hubiera hecho, Jax estaría allí.
Lo recuerdo perfectamente. Cara de travieso perpetuo, con esa sonrisa que siempre parecía estar planeando algo. Pésimo estudiante en lectura—de verdad, el tipo odiaba los libros con pasión—, pero brillante discutiendo. Siempre decía: "Yo no leo, pero sé cómo darte la vuelta en una discusión".
Y tenía razón.
Terminó siendo abogado. Lo cual es irónico y perfecto al mismo tiempo.
Pero lo que realmente selló nuestra amistad fue ese día. Ese día que nunca olvidaré.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.