Capítulo 7

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El olor del café me despierta todas las mañanas, pero no es el café correcto

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El olor del café me despierta todas las mañanas, pero no es el café correcto.

Hay días en los que me despierto y todavía espero oler el café recién colado de la cocina de casa. Ese café Duran que mi abuela preparaba desde las cinco de la mañana, negro como la noche, dulce como un biensame después de 3 cucharadas de azúcar y leche. Pero aquí, en este apartamento de dos habitaciones en Denver, solo huele a café americano aguado y a desinfectante veterinario que se me pega en la ropa.

Han pasado diecisiete años desde que salí de Panamá. Diecisiete años desde que mi padre me miró con ojos llenos de decepción y me dijo que me fuera. Que no volviera. Que había traído vergüenza a la familia Arosemena.

Todo por un beso.

Un beso inocente, torpe, dulce. Un beso que me costó todo.

Me levanto de la cama y camino descalza hasta la ventana de mi apartamento en Denver. Llueve, como siempre. El cielo está gris, las calles brillan con agua, y la gente corre hacia sus carros con paraguas y gabardinas. Es tan diferente a Chiriquí, donde el sol quema la piel y la lluvia cae como una bendición repentina, fuerte y breve, dejando todo limpio y perfumado a tierra mojada.

Echo de menos esa tierra.

Echo de menos el olor del sancocho hirviendo en la olla grande los domingos cuando hace un calor de la gran puta. Echo de menos las tajadas de plátano maduro, doradas y crujientes, que mi mama freía mientras bailaba en la cocina. Echo de menos el arroz con guandú, el ceviche de corvina, las hojaldras recién hechas. Echo de menos los mangos que caían de los árboles en la hacienda, tan dulces que el jugo te corría por los brazos cuando los mordías.Dios los patacones, extraño los patacones.

Aquí todo sabe diferente. Todo huele diferente. Todo es diferente.

Pero aprendí a vivir con eso.

Aprendí inglés, aunque me tomó años quitarme el acento y entender los chistes. Aprendí a manejar en la nieve, a celebrar Acción de Gracias en lugar de carnavales. Aprendí a ser invisible cuando necesitaba serlo, y a ser yo misma cuando finalmente pude.

Porque aquí, en este país enorme y extraño, nadie me mira raro por ser quien soy.

Nadie me llama "aberración".

Nadie me dice que soy una vergüenza.

Aquí, simplemente soy Isabela. La veterinaria. La que siempre sonríe. La que habla con los animales como si pudieran entenderla, y tal vez puedan.

Me visto rápido: jeans, una blusa cómoda, mi bata blanca de veterinaria con mi nombre bordado en el bolsillo. Me recojo el cabello castaño en una cola de caballo desordenada—nunca he sido buena para peinarme—y me miro en el espejo.

Treinta y cinco años.

A veces todavía me veo como esa chica de dieciséis que fue expulsada de su casa con una mochila y el corazón roto. Otras veces me veo como la mujer que he construido: fuerte, independiente, dueña de su vida.

Pero hoy, por alguna razón, solo veo el vacío.

La clínica veterinaria donde trabajo está en el centro de Denver , en un edificio moderno de tres pisos con ventanales grandes y paredes de un blanco impoluto

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La clínica veterinaria donde trabajo está en el centro de Denver , en un edificio moderno de tres pisos con ventanales grandes y paredes de un blanco impoluto. Es el tipo de lugar donde la gente trae a sus mascotas en bolsos de diseñador y paga cientos de dólares por revisiones de rutina. Al principio me incomodaba. Vengo de un lugar donde la veterinaria era práctica, sucia, real: vacas pariendo en el establo, caballos con heridas que había que coser bajo la luz de una linterna, perros callejeros que necesitaban ayuda y no tenían dueño que pagará.

Pero me adapté. Siempre me adapto.

Llego temprano, de milagro, los tranques son una vaina bárbara, y yo escuchaba a Carmen quejarse en la Cinta Costera. Samantha ya está allí, preparando el consultorio para el día. Me ve entrar y me sonríe.

—Buenos días, Isa —me dice con esa voz suave que siempre usaba cuando estábamos acostadas en la oscuridad, hablando de nuestros sueños.

—Buenos días, Sam —respondo, y le devuelvo la sonrisa, aunque me duele un poco en el pecho.

Samantha y yo fuimos pareja durante tres años. Buenos años. Hasta que no lo fueron. Algo cambió. O tal vez nunca estuvo realmente allí. Porque por más que la quise—por más que la quiero todavía, a su manera—nunca sentí esa conexión profunda que se supone deberías sentir con alguien que amas.

Intenté llenar ese vacío con un sueño. Uno que construimos juntas, lleno de esperanza y promesas de futuro. Pero los sueños a veces se rompen antes de nacer, y cuando se derrumban, se llevan pedazos de ti que no sabías que podías perder. Ese vacío que intenté llenar se hizo más grande. Y lo que quedó entre nosotras fue el peso de algo que nunca llegó a ser, un dolor compartido que en lugar de unirnos, nos alejó en silencio. Tal vez la culpa fue mía por buscar en ese sueño lo que no encontraba en nosotras. 

Ella lo sabe. Y duele más porque lo sabe.

Somos compañeras de trabajo. Nos cuidamos, nos apoyamos, pero hay un elefante invisible en la habitación, y ese elefante tiene forma de corazón roto.

—Hoy tenemos un día pesado —dice Samantha, revisando la agenda en la computadora—. Cuatro cirugías, dos emergencias programadas, y como veinte revisiones de rutina.

—Perfecto —digo, y lo digo en serio.

Me encanta estar ocupada. Me encanta no tener tiempo para pensar. Porque cuando pienso, empiezo a sentir ese vacío otra vez, ese hueco que no puedo llenar con trabajo ni amigos ni éxito.

Marchita La Bella FlorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora