Dieciocho años después de haber sido expulsada por amar a quien no debía, Isabela regresa a la hacienda que alguna vez llamó hogar.
No busca venganza... sino respuestas, y tal vez una nueva oportunidad de empezar.
Allí la espera Graciela, la esposa...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
2 meses después
Elena entra a mi cuarto sin tocar, como siempre hace porque considera que tiene derecho a entrar donde quiera en "su" casa. Sofía y yo estamos sentadas en mi cama, besándonos, perdidas en esa sensación maravillosa de descubrir que no estamos solas en lo que sentimos.
El grito de Elena se oye hasta en los establos.
—¡GONZALO! ¡VEN INMEDIATAMENTE! ¡VEN A VER LA DEPRAVACIÓN QUE ESTÁ PASANDO EN TU CASA!
Sofía sale corriendo, con la cara roja de vergüenza y terror. Yo me quedo ahí, sentada en mi cama, viendo como Elena me mira como si fuera algo podrido que hay que tirar a la basura.
—Sabía que algo estaba mal contigo —me dice con una voz llena de desprecio—. Sabía que no eras normal.
Normal. Como si el amor pudiera ser anormal.
Cuando papá llega, Elena ya tiene preparado todo un discurso sobre mi "comportamiento aberrante" y cómo mi "influencia perversa" puede "dañar" a Vicente.
—¡Es una cueca depravada, Gonzalo! ¡Una aberración! ¡No puedes permitir que siga viviendo en esta casa con Vicente!
Papá me mira con unos ojos que no reconozco. Ya no soy su pequeña veterinaria, su compañera de aventuras. Soy un problema que necesita resolver.
—Isabela —me dice con una voz que suena como si estuviera muy cansado—, tienes que irte.
Tienes que irte. Cuatro palabras que destrozan toda mi vida.
—Papá, por favor, déjame explicarte...
—No hay nada que explicar. Lo que vi no está bien. No es... no es natural.
¿No es natural? ¿El amor que siento por Sofía es menos natural que el matrimonio calculador de Elena con papá?
—Pero papá...
—¡No discutas! —explota, y por primera vez en mi vida me grita—. ¡Ya está decidido! Mañana temprano te vas. Carmen Delgado, la amiga de tu madre, aceptara recibirte en su casa en la ciudad.
Carmen Delgado. La mejor amiga de mamá, una mujer dulce que siempre me enviaba cartas en mi cumpleaños. Al menos no me van a tirar completamente a la calle.
—¿Y después qué? —pregunto, sintiendo que la voz se me quiebra.
—Después... después veremos.
Después veremos. Como si yo fuera un experimento que salió mal y hay que mantener en observación.
Esa noche, mientras empaco mis pocas pertenencias, escucho a Elena hablando con papá en el cuarto de al lado. Su voz suena triunfal, satisfecha.
—Hiciste lo correcto, Gonzalo. Esa niña estaba enferma. Necesita ayuda profesional. Es una mansa cueca.
—Era solo una fase... —dice papá, pero suena como si estuviera tratando de convencerse a sí mismo.