Capítulo 5

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Hay recuerdos que nunca me abandonan, que llevo pegados a la piel como cicatrices invisibles

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Hay recuerdos que nunca me abandonan, que llevo pegados a la piel como cicatrices invisibles. Esta mañana, mientras preparo café en mi apartamento de Denver y veo las montañas nevadas por la ventana, mi mente vuela de vuelta a Panamá, a los días cuando era solo una niña que corría descalza por los potreros de la hacienda, persiguiendo mariposas y soñando que el mundo era un lugar mágico.

Tengo cuatro años cuando mamá se va para siempre.

No entiendo todavía qué significa "cáncer", pero sé que es la palabra que hace que papá lloré cuando cree que no lo estoy viendo. Mamá está muy delgada, tan pálida que parece hecha de papel, y cuando me abraza puedo sentir sus huesos a través de la piel.

—Mi pequeño sol de maracaibo —me susurra una tarde mientras me peina el cabello—, tienes que ser fuerte cuando mamá no esté. Tienes que cuidar mucho a tu papá.

¿Cómo no va a estar? Pero a los cuatro años no entiendo que algunas despedidas son para siempre.

La última vez que la veo está en una cama de hospital que huele a medicinas y a tristeza. Papá me carga para que pueda darle un beso, y sus labios están fríos como las piedras del río en invierno.

—Te amo más que a todas las estrellas del cielo —me dice con una voz que apenas puedo escuchar—. No lo olvides nunca, mi niña preciosa.

Y después se va, y papá y yo nos quedamos solos en una casa que de repente se siente demasiado grande y demasiado silenciosa.

Los siguientes dos años son solo papá y yo contra el mundo. Gonzalo Arosemena se convierte en mi héroe, mi mejor amigo, mi compañero de aventuras. Me enseña a montar a caballo antes de cumplir los seis, me lleva consigo cuando revisa el ganado, me explica por qué las vacas necesitan diferentes tipos de pasto y por qué los caballos confían sólo en las personas que los tratan con respeto.

—Los animales son como las personas, Isabela —me dice mientras curamos la pata herida de una yegua—. Necesitan amor, cuidado y paciencia. Si les das eso, te darán su lealtad para siempre.

En esos años soy su sombra, su pequeña veterinaria, como me llama cuando encuentra un animal enfermo y necesita mi ayuda para sostener las medicinas.

Papá nunca me trata diferente por ser niña. Cuando los peones me dicen que ciertas tareas son "trabajo de hombres", él los corrige inmediatamente.

—Mi hija puede hacer cualquier cosa que se proponga —les dice con esa voz firme que no admite discusión—. En esta familia no hay trabajos de hombres o de mujeres. Hay trabajo, y todos contribuimos.

Me siento invencible cuando papá habla así. Me siento como si pudiera conquistar el mundo.

Pero todo cambia cuando aparece ella.

Elena Vásquez llega a nuestra vida como una tormenta tropical: hermosa, elegante, y con una sonrisa que nunca llega completamente a sus ojos.

Tiene veinticinco años, es doce años menor que papá, y cuando lo mira, puedo ver algo en su expresión que no entiendo completamente pero que me hace sentir incómoda. Es como si estuviera midiendo algo, calculando algo.

Marchita La Bella FlorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora