Capítulo 4

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Los años que siguieron después del accidente fueron como vivir en una cuerda floja, tratando de mantener el equilibrio entre la esperanza de que Vicente hubiera cambiado realmente y la certeza de que la violencia seguía ahí, dormida pero no muerta...

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Los años que siguieron después del accidente fueron como vivir en una cuerda floja, tratando de mantener el equilibrio entre la esperanza de que Vicente hubiera cambiado realmente y la certeza de que la violencia seguía ahí, dormida pero no muerta, esperando la excusa perfecta para despertar.

Y yo sabía que eventualmente iba a despertar.

Durante casi dos años, Vicente mantuvo la fachada del esposo arrepentido. No me pegaba, no me gritaba, no tomaba alcohol en exceso. Incluso empezó a mostrar más interés en las niñas, aunque siempre de una manera que me hacía sentir que estaba actuando un papel más que expresando amor genuino.

Pero yo podía ver las grietas en su máscara.

La manera como apretaba los puños cuando las niñas hacían mucho ruido. La expresión que cruzaba por su cara cuando yo no estaba de acuerdo con algo que él decía. La forma como me miraba a veces, como si estuviera recordando por qué me había pegado antes y considerando si valía la pena volver a hacerlo.

La violencia no había desaparecido. Solo estaba esperando.

Las cosas empezaron a cambiar cuando la hacienda empezó a tener problemas financieros. Los precios del ganado bajaron, hubo una sequía que afectó los pastizales, y Vicente no tenía las habilidades administrativas de su padre para manejar la crisis. Empezó a llegar tarde a casa, a hacer llamadas telefónicas misteriosas, a recibir visitas de hombres que me daban mala espina.

—¿Quiénes son esos hombres que vienen a la casa? —le pregunté una noche después de que se fuera un grupo particularmente intimidante.

—Socios —me respondió sin mirarme—. Gente que me está ayudando a resolver los problemas del negocio.

¿Socios? Los hombres que había visto no parecían ganaderos o empresarios legítimos. Parecían... otra cosa.

—Vicente, no me gusta que vengan aquí. Las niñas se asustan.

—Las niñas se van a asustar mucho más si perdemos esta casa por culpa de mi incapacidad para tomar las decisiones difíciles que hay que tomar.

Decisiones difíciles. No me gustaba como sonaba eso.

Poco a poco empecé a notar cambios en la rutina de la hacienda. Camiones que llegaban de noche, empleados nuevos que no hablaban con nadie, construcciones extrañas en partes remotas de la propiedad que Vicente me prohibió visitar.

—Es mejor que no sepas nada de esto —me dijo cuando le pregunté por qué habían puesto cercas alrededor del establo del fondo—. Entre menos sepas, más segura vas a estar.

¿Más segura? ¿Por qué tendría que preocuparme por mi seguridad en mi propia casa?

Pero no insistí. Había aprendido que hacer demasiadas preguntas podía tener consecuencias peligrosas.

Marchita La Bella FlorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora