Dieciocho años después de haber sido expulsada por amar a quien no debía, Isabela regresa a la hacienda que alguna vez llamó hogar.
No busca venganza... sino respuestas, y tal vez una nueva oportunidad de empezar.
Allí la espera Graciela, la esposa...
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Los primeros meses de matrimonio fueron como vivir en una obra de teatro donde yo no sabía cuál era mi papel. Vicente era atento y cariñoso, especialmente cuando había otras personas presentes, pero cuando estábamos solos, había algo en su manera de mirarme que me hacía sentir como si fuera un objeto que había comprado y que estaba evaluando para ver si había hecho una buena inversión.
La luna de miel terminó antes de que comenzara realmente.
Vivir en la hacienda era como vivir en un mundo completamente diferente. La casa era enorme, con habitaciones que nunca terminé de explorar completamente, jardines que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, y empleados que me trataban con una deferencia que me incomodaba. Yo, que había crecido ayudando a mamá en la cocina y en la tienda, de repente tenía gente que me servía la comida, que limpiaba mi cuarto, que me preguntaba qué quería que prepararan para el almuerzo.
Era como estar en una jaula de oro.
Elena, mi suegra, se instaló como la verdadera señora de la casa. Oficialmente, yo era la esposa de Vicente, pero ella llevaba las llaves, daba las órdenes a los empleados, decidía qué se cocinaba y cómo se decoraban las habitaciones. Yo era más como una invitada permanente que como la dueña de casa.
—Eres muy joven todavía, querida —me decía con esa sonrisa fría que nunca llegaba a sus ojos—. Ya aprenderás cómo se manejan estas cosas. Mientras tanto, yo me ocupo de que todo funcione correctamente
—Eres muy joven todavía, querida —me decía con esa sonrisa fría que nunca llegaba a sus ojos—. Ya aprenderás cómo se manejan estas cosas. Mientras tanto, yo me ocupo de que todo funcione correctamente.
Correctamente según sus estándares. Correctamente según sus reglas.
Los primeros meses fueron relativamente tranquilos. Vicente trabajaba en los negocios de la hacienda durante el día y por las noches cenábamos los tres juntos, como una familia aparentemente normal. Él me preguntaba cómo me sentía, cómo estaba el bebé, si necesitaba algo. Elena hablaba de sus planes para la habitación del niño, de los nombres que estaba considerando, de cómo íbamos a criarlo.
Íbamos. Como si el bebé fuera un proyecto grupal en el que yo era solo una participante más.
Mi embarazo progresaba sin complicaciones, pero conforme mi barriga crecía, también crecía la obsesión de Vicente con el sexo del bebé.
—Va a ser varón —decía todas las noches, poniendo la mano en mi vientre—. Puedo sentirlo. Va a ser fuerte como su papá, va a heredar todo esto algún día.
¿Y si no es varón? quería preguntarle, pero algo en su manera de hablar me decía que esa no era una posibilidad que estuviera dispuesto a considerar.
Cuando Julieta nació, después de doce horas de trabajo de parto, lo primero que preguntó Vicente cuando el doctor salió de la habitación fue: