Dieciocho años después de haber sido expulsada por amar a quien no debía, Isabela regresa a la hacienda que alguna vez llamó hogar.
No busca venganza... sino respuestas, y tal vez una nueva oportunidad de empezar.
Allí la espera Graciela, la esposa...
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Hay días en que me siento en la ventana de mi cuarto y miro hacia los potreros, pero no los veo realmente. En lugar de las vacas pastando y los caballos corriendo libres, veo el pasado. Veo a la muchacha de diecisiete años que fui una vez, cuando aún creía que la vida podía ser un cuento de hadas.
Cuando aún creía que Vicente podía ser mi príncipe.
Era diferente entonces. O tal vez yo era diferente. Tal vez era tan joven e ingenua que no podía ver las señales de lo que se venía, las pequeñas crueldades que después se convertirían en violencia abierta, los comentarios hirientes que después se volverían humillaciones constantes.
Conocí a Vicente en la escuela, cuando yo estaba en último año de bachillerato. Él era dos años mayor, hijo de una de las familias más prósperas de la zona, guapo y carismático de la manera que solo pueden ser los muchachos que nunca han tenido que preocuparse por nada. Todas las niñas de la escuela suspiraban por él, pero por alguna razón, él se fijó en mí.
¿Cómo no me iba a enamorar?
Al principio fue perfecto. Vicente me cortejaba como en las películas: flores, cartas de amor, serenatas bajo mi ventana. Mis amigas me envidiaban, mis padres estaban encantados de que un muchacho de tan buena familia se interesara por su hija. Yo me sentía como la protagonista de una telenovela.
"Eres la muchacha más bonita de todo el pueblo", me decía. "Vas a ser mi esposa algún día, vas a tener mis hijos, vamos a ser la pareja más feliz del mundo."
¿Cómo iba a saber que esas palabras dulces eran en realidad promesas de posesión?
Vicente era celoso desde el principio, pero yo lo interpretaba como amor. No quería que hablara con otros muchachos, no le gustaba que saliera con mis amigas, quería saber dónde estaba en cada momento. En ese tiempo pensé que era romántico que alguien se preocupara tanto por mí.
Qué ciega estaba.
Mis padres, Ramón y Dolores Pitti, eran gente trabajadora y honesta. Papá tenía un pequeño negocio de abarrotes, y mamá se quedaba en casa cuidando la casa y ayudando en la tienda cuando era necesario. No éramos ricos, pero tampoco pobres. Vivíamos cómodamente, sin lujos pero sin necesidades.
Hasta que papá empezó a apostar.
No sé cuándo exactamente comenzó, pero poco a poco noté que papá llegaba más tarde a casa, que hablaba en voz baja por teléfono, que mamá se veía preocupada cuando pensaba que yo no la estaba mirando. Los fines de semana desaparecía durante horas, diciendo que iba a "resolver unos negocios".
Los negocios eran las máquinas del casino, las cartas, las apuestas deportivas.
Mamá nunca me dijo nada directamente, pero yo la veía contar y recontar el dinero de la caja de la tienda, la veía preocuparse cuando las facturas llegaban, la escuchaba llorar en voz baja cuando pensaba que yo estaba dormida.