Capítulo 1

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El amanecer en la hacienda solía ser mi momento favorito del día

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El amanecer en la hacienda solía ser mi momento favorito del día. Antes, cuando aún tenía esperanzas, cuando creía que la vida podía ser hermosa. Ahora, mientras miro por la ventana de mi habitación el sol que se alza tímido sobre los potreros, solo siento el peso familiar del miedo instalándose en mi pecho como una piedra fría.

La casa respira a mi alrededor con sonidos conocidos: las tablas que crujen bajo el peso de los años, el viento que silba entre las rendijas de las ventanas mal ajustadas. Todo parece igual que ayer, que la semana pasada, que el año pasado. Pero yo sé que nada es igual. Yo ya no soy la misma.

Me levanto despacio, cuidando de no hacer ruido. Vicente está dormido todavía, con el aliento agrio del whisky que tomó anoche y la cara hinchada de quien bebe demasiado y duerme poco. Su cabello ondulado, que antes me parecía hermoso, ahora se ve grasoso y descuidado. Hasta durmiendo mantiene esa expresión dura en el rostro, como si hasta en sueños estuviera enojado con el mundo.

Como si hasta en sueños estuviera enojado conmigo.

Mis pies descalzos conocen cada tabla del suelo, cada punto donde la madera gime si le pongo demasiado peso. Ocho años viviendo en esta casa me han convertido en una experta en el arte de ser invisible. Camino como un fantasma hasta el baño, me lavo la cara con agua fría, me miro en el espejo y veo a una mujer que ya no reconozco completamente.

Tengo veinticinco años, pero mis ojos parecen de alguien mucho mayor. Hay líneas finas alrededor de mis párpados que no estaban ahí cuando me casé. Hay una tristeza permanente que se ha instalado en mi mirada como si fuera parte del color natural de mis iris. Tengo un moretón amarillento en la mejilla izquierda que trató de cubrir con base, pero que aún se nota si sabes dónde buscar.

Siempre hay un moretón en algún lugar.

Me visto con cuidado, eligiendo una blusa de manga larga que cubra las marcas en mis brazos. Verde claro, porque es el color que menos le molesta a Vicente. He aprendido a vestirme para su aprobación, a peinarme para su gusto, a caminar para no irritarlo. He aprendido a existir en los espacios pequeños que él me permite ocupar.

Bajo las escaleras pisando solo en los bordes, donde sé que no van a hacer ruido. En la cocina encontré a Esperanza preparando el café. Es una mujer mayor que ha trabajado para la familia Arosemena desde antes de que yo llegara, y me mira con esos ojos compasivos que han visto demasiado y entienden demasiado.

—Buenos días, doña Graciela —me dice en voz baja—. ¿Cómo amaneció?

—Bien —miento automáticamente, porque es más fácil que explicar que no dormí casi nada, que desperté tres veces sobresaltada por pesadillas, que el moretón en mi espalda me duele cuando me acuesto.

Esperanza asiente sin insistir. Ella sabe cuándo es mejor no hacer preguntas.

Salgo al patio trasero donde están mis niñas jugando bajo la sombra del tamarindo. Julieta, mi hija mayor de ocho años, está sentada en el suelo leyendo un libro mientras vigila a las mellizas. Magdalena y Margarita, de siete años, corren persiguiéndose entre los arbustos, sus risas cristalinas llenando el aire matutino.

Marchita La Bella FlorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora