El sol apenas se filtraba por las cortinas cuando Shoyo abrió los ojos. No había dormido del todo bien: la incomodidad en la espalda y el peso de su vientre de casi cinco meses lo hacían dar vueltas toda la noche. Suspiró, llevándose una mano a la pancita, y murmuró con voz ronca:
—Buenos días, bebés...
Se incorporó con algo de esfuerzo, apoyándose en el borde de la cama. Lo primero que sintió fue una punzada en la parte baja de la espalda y un ligero mareo. Caminó despacito hasta el baño, lavándose la cara para despejarse. Cuando se miró al espejo, notó que su cabello estaba todo alborotado y que sus mejillas lucían infladas.
—Parezco un hamster... —bufó, riéndose un poco de sí mismo.
Al regresar a la cocina, su madre ya preparaba algo de desayuno, pero Shoyo hizo un gesto raro al oler los huevos.
—Ugh, no, no, no... —dijo tapándose la nariz—. ¡No quiero eso!
—Pero ayer sí comiste, hijo —respondió su madre, arqueando una ceja.
—¡Hoy no! —replicó con un puchero.
Lo curioso era que, en lugar de los huevos, lo que quería de repente era... fresas con salsa de soya. Y aunque sonaba repulsivo, Shoyo se sentó en la mesa feliz con el platito improvisado que su mamá le preparó, devorándolo con una sonrisa infantil.
Durante la mañana, intentó leer un poco y ordenar su nido de mantas, pero al poco rato le dieron náuseas otra vez y se acostó en el sofá, quejándose bajito. Cada cierto tiempo, se acariciaba la pancita y hablaba con los bebés, como si ellos pudieran escucharlo:
—¿Saben lo raro que es querer comer arroz con helado de vainilla?... ¡Pues gracias a ustedes ahora lo sé!
La tarde la pasó entre antojos extraños y siestas cortas, porque el cansancio lo vencía rápido. Cuando Tobio regresó del trabajo y lo encontró en el sofá, con un tarro de pepinillos en la mano y una bolsa de galletas dulces en la otra, solo pudo quedarse en silencio, mirándolo con una mezcla de desconcierto y ternura.
—¿E-en serio eso?... —preguntó, señalando la combinación.
Shoyo lo miró con los cachetes inflados de comida y asintió con orgullo.
—¡Sí! ¿Quieres probar?
—... Paso —contestó Tobio, aunque no pudo evitar reírse por lo adorable que se veía.
Más tarde, mientras doblaba ropa, le dio un dolorcito en la espalda y se tiró de espaldas sobre la cama, suspirando como si el mundo se acabara.
—Tobio... creo que no voy a sobrevivir...
Kageyama corrió preocupado.
—¡¿Qué pasa?! ¿Te duele mucho? ¿Llamo al médico?
Shoyo abrió un ojo y murmuró con dramatismo:
—Es que... la pancita no me deja doblar las
camisetas.
Tobio quedó en silencio, entre la preocupación y las ganas de reírse, mientras lo ayudaba.
A la hora de la comida, el cambio de humor volvió a atacar. Shoyo se puso a llorar de la nada, con los ojos brillosos, mientras abrazaba un cojín.
—Es que... ¡el arroz estaba tan esponjoso que me hizo feliz!
Tobio parpadeó.
—¿Lloras... por el arroz?
—¡Sí! —gritó, y después se rió entre lágrimas.
Para la tarde, los antojos regresaron. Quiso helado con pepinillos, luego galletas con jugo de limón, y después terminó comiendo pan con mostaza mientras veía caricaturas. En cada bocado hacía comentarios como:
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Punto de quiebre .ᐟ.ᐟ
Fanfiction૮꒰ ˶• ༝ •˶꒱ა ♡ Ser un jugador Omega era un poco complicado y no por el juego en sí. Era extraño estar saliendo con uno de los Alfas de tu equipo aunque no era algo que perjudicara los partidos... Era muy probable que la noticia de una vida creciendo...
