capitulo veintiocho

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La vi tambalearse un poco cuando intentó escabullirse, como si mi mera presencia la quemara.

—¿Ya te vas? —pregunté, bloqueándole el paso con el brazo.
—Sí —dijo seca, sin siquiera mirarme.
—¿A dónde? ¿Con tu nueva amiguita? —solté con veneno, y la vi fruncir el ceño.
—No inventes. No es nada de eso.

Sonreí con ironía y me acerqué un poco más, tanto que podía sentir su respiración alterada.
—Aunque te fueras con otra persona, jamás vas a sentir lo que sientes por mi.

Ella apretó la mandíbula.
—No siento nada. Nada de nada.

Levanté la ceja y sin darle espacio le estampé un beso ardiente, apasionado, de esos que no dejan ni pensar. Me separé apenas para susurrarle:

—¿De veras no sientes nada?

Lara seguía aturdida, con los labios entreabiertos, como si no supiera si empujarme o volver a buscarme.
—Para que veas —murmuró desafiante y, antes de que yo pudiera reaccionar, fue ella quien me besó con la misma intensidad, casi rabiosa.

Cuando se apartó, me miró con sus ojos brillantes, todavía alterada.
—¿Ves? No siento nada. De nada

Solté una risa corta, incrédula.
—Pues yo sí siento. Y siento mucho. —La agarré de la cintura y le robé otro beso, profundo, que me arrancó hasta el aire.

Esta vez fue ella quien me empujó suavemente, jadeando.
—No vuelvas a hacer eso.

Se dio la vuelta como si fuera a huir de mí. Yo apreté los puños, frustrada, y bufé entre dientes:
—¡Una loca de atar!

Pero antes de que pudiera terminar mi berrinche, sentí su mano en mi cuello, fuerte, segura, atrayéndome de nuevo. Mis ojos se abrieron por la sorpresa justo antes de que me besara otra vez, con una mezcla de furia y necesidad que me dejó sin fuerzas.

Y ahí estaba yo, la que siempre controla todo… perdiendo el control por completo en sus labios.

No tuve tiempo ni de respirar. Un segundo estaba con sus labios devorándome y al siguiente me jalaba del cuello con esa fuerza que me volvía loca.

—¿Qué haces? —atiné a decir entre risas nerviosas cuando me soltó apenas para respirar.

No respondió. Solo me tomó de la muñeca, firme, y empezó a caminar hacia las oficinas como si nada, como si arrastrarme de madrugada fuera lo más normal del mundo.

—Lara… —reí, tropezando un poco con sus pasos largos—. ¡Me vas a arrancar el brazo!

—Cállate —soltó seca, sin siquiera voltear.

Y yo, por supuesto, sonreí como idiota. Porque si había algo más sexy que verla perder el control, era verla tratando de fingir que todavía lo tenía.

Las puertas del edificio estaban oscuras, el silencio solo interrumpido por mis tacones resonando contra el piso mientras ella no me soltaba ni por un segundo.

—¿A dónde me llevas? —pregunté con mi mejor tono provocador.

Finalmente se detuvo, me empujó suavemente contra una pared y apoyó la frente en la mía. Su respiración estaba agitada, sus ojos encendidos.

—No me provoques más, Sofía —susurró con esa voz grave que me derrite—.

Y ahí entendí que no había forma de salir de esa oficina sin incendiarla primero.

El frío de la pared en mi espalda contrastaba con el calor de su cuerpo cuando se pegó a mí. Lara me miraba como si estuviera a punto de cometer un crimen… y yo solo podía provocarla más.

Corazón blindado Donde viven las historias. Descúbrelo ahora