El camino de regreso a casa se me hizo eterno. Las luces de la ciudad pasaban como destellos que no lograban distraerme de lo único que tenía en la cabeza: Sofía.
Me apoyé en el volante en un semáforo en rojo y suspiré fuerte, casi gruñendo.
—Genial, Lara… —me reproché en voz baja—. La mandás al demonio y encima le tirás todo lo que te pesa encima como si fuera un saco de arena. Muy madura, sí.
En parte estaba convencida de que hice lo correcto. No podía con la idea de toparme con otra “ex conquista” cada vez que estábamos juntas. No era justo para mí. Pero, al mismo tiempo, una vocecita muy molesta dentro de mí repetía que Sofía no había hecho nada malo. Que en realidad era yo la que estaba temblando de miedo porque… me estaba enamorando.
Me acomodé en el asiento, apreté el volante y lo dije en voz alta, como si con eso pudiera sacarlo de encima:
—Me estoy enamorando de ella.
Y ahí mismo sentí un escalofrío. Me prometí tantas veces que nunca iba a volver a caer en esto. No después de Carmen, no después de todo lo que me dejó rota. Y, sin embargo, Sofía apareció con esa sonrisa mandona, esos arranques de celos y esa forma absurda de hacerme reír… y desarmó todo lo que yo había construido para protegerme.
¿Hice bien en irme? Tal vez sí. Tal vez no. Pero había algo que sí sabía con certeza: aunque quisiera huir, Sofía me estaba arrastrando directo a donde más miedo me daba estar.
Cuando llegué a casa, me tiré en la cama sin siquiera cambiarme. Me quedé mirando el techo, con la mente hecha un nudo. Y justo antes de cerrar los ojos, admití lo que tanto me resistía a aceptar:
—Si esto sigue así… no voy a poder resistirme a ella.
A la mañana siguiente entré a la cocina medio zombie, con el café en la mano como si fuera oxígeno puro. Esteban ya estaba ahí, acomodado en la mesa con el celular, como siempre, y me miró de reojo apenas me vio.
—Bueno, bueno, alguien no durmió nada —dijo, bajando el teléfono—. ¿Pesadillas o alguien llamada Sofía no deja de rondar por tu cabeza?
—No empieces… —le gruñí, pero no pude evitar sonrojarme.
Él sonrió con esa cara de hermano fastidioso que me daba ganas de tirarle el café encima.
—¿Qué pasó anoche? Se nota que tenés un tsunami en la cabeza.
Me dejé caer en la silla frente a él y suspiré.
—No sé, Esteban. Estoy confundida. Me prometí no volver a enamorarme, no volver a abrir esa puerta. Y ahora… siento que Sofía la está derribando a patadas.
Él arqueó una ceja.
—¿Y eso te asusta o te emociona?
Me quedé callada, revolviendo el café como si ahí estuviera la respuesta.
—Las dos cosas. Me asusta porque no quiero salir lastimada otra vez. Y me emociona porque… con ella siento algo que no había sentido en mucho tiempo. Pero también… me desespera. Tiene un pasado lleno de conquistas, y yo no puedo con eso, no sé si podría soportarlo.
Esteban apoyó los codos en la mesa y me miró serio.
—Mirá, si realmente te importa, tenés que decidir qué pesa más: tus miedos o lo que sentís. Porque Sofía no parece de las que esperan toda la vida a que alguien se decida.
Solté una risa nerviosa.
—Gracias por el consejo, doctor corazón.
—De nada. —Se rió—. Pero ojo, Lara. Si dejás que el miedo te gane… vas a perder algo que, por lo que veo, ya significa demasiado para ti.
Me quedé mirando el fondo de la taza de café, como si ahí estuviera la respuesta que tanto necesitaba. No la había, claro. Solo un vacío amargo que se parecía demasiado a lo que sentía en el pecho.
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Corazón blindado
RomanceTras ser plantada en el altar, Lara decide no volver a sentir, así cerrando su corazón. Todo cambia cuando aparece Sofía, una chica narcisista, divertida y llena de fuego, que desafía sus muros y la obliga a redescubrir el riesgo -y la belleza- de v...
