capitulo veintiséis

6K 340 52
                                        

Entré a mi oficina casi flotando, con una sonrisa que ni aunque me hubieran dado un aumento se me borraba. ¿La razón? Muy simple: había logrado poner nerviosa a la implacable, seria y siempre en control, Lara la abogada sexi

Sí, esa misma mujer que se cree de acero, que parece que nada la afecta y que vive con la ceja arqueada como si todo el mundo le debiera explicaciones. Pues hoy, yo, Sofía pretovich Ivanov, conseguí que se pusiera colorada como una colegiala.

—“No sabes de lo que hablas, Sofía… tengo mucho trabajo, vete”— repetí en voz baja, imitando su tono serio mientras me dejaba caer en mi silla. Me reí sola. ¡Por favor! No sabía ni dónde meterse.

Abrí la computadora pero no podía concentrarme. La imagen de su cara roja me venía una y otra vez, y con eso bastaba para ponerme de buen humor. Me incliné hacia atrás y me mordí el labio, pensando en lo fácil que era derribar ese muro de hielo que ella intenta levantar conmigo.

—“Mi ángel…”— susurré con dramatismo, alzando una mano como si fuera protagonista de una novela. Me reí tanto que hasta golpeé el escritorio con la palma.

Nico entró justo en ese momento y me miró raro.
—¿Y a ti qué bicho te picó? —preguntó, cerrando la puerta detrás de el.

—Nada, solo que hoy es un gran día —respondí, acomodándome como si estuviera en un trono—. Logré hacer enrojecer a la mismísima Lara.. mi futura novia

Nicolás abrió los ojos como platos.
—¡No! ¡No te creo!

—Te acuerdas cuándo nos conocimos ella me dijo que era un ángel... entonces se lo recordé—conté, saboreando cada palabra—. Si la hubieras visto, parecía que iba a explotar.

El se rió conmigo, pero luego me lanzó una mirada sospechosa.
—Oye, Sofi… ¿no será que te estás encariñando demasiado?

Yo me quedé en silencio un segundo, mirando mi taza de café. Sí, quizás tenía razón… pero no estaba lista para admitirlo. Así que, como siempre, salí con lo primero que se me ocurrió:
—Encariñarme, no. Solo estoy disfrutando la guerra —dije con una sonrisita traviesa, aunque por dentro mi corazón latía un poco más rápido.

Seguía en mi oficina con mi sonrisa boba, todavía saboreando mi victoria, cuando escuché unos golpes en la puerta.

—¿Se puede? —la voz de Gael entró antes que él.

—Pasa, hermano —respondí, enderezándome en la silla, aunque no pude borrar mi expresión de satisfacción.

Gael entró con cara de cansado, aflojándose la corbata como si acabara de salir de una guerra.
—Necesito un favor, Sofi.

—Uy, ya empezamos… —bromeé, cruzándome de brazos—. A ver, sorpréndeme.

Se rió un poco, pero enseguida suspiró.
—Estoy hasta arriba de trabajo, y no voy a poder salir a tiempo para recoger a Alina de sus clases. ¿Podrías pasar por ella? Sé que te queda cerca y tú siempre te haces un hueco.

Yo lo miré fingiendo duda, como si fuera algo gravísimo.
—Mmm… no sé, Gael… —dije con tono dramático, haciéndome la interesante.

Él levantó una ceja.
—Sofía.

Me aguanté la risa y asentí rápido.
—Está bien, está bien. Claro que sí, hermano, no hay problema. Yo busco a nuestra niña.

Gael sonrió, aliviado, y me revolvió el cabello como cuando éramos chicos.
—Sabía que podía contar contigo. Eres la mejor.

Yo rodé los ojos pero no pude evitar sonreír.
—No abuses de mi bondad, Gael.

Él ya estaba saliendo cuando me detuvo con una mirada pícara.
—Oye… ¿por qué estás tan sonriente?

Corazón blindado Donde viven las historias. Descúbrelo ahora