El Legado

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Las heridas en su piel le dolían. La sangre se derramada a cada paso que daba. Debía seguir adelante, sin mirar atrás. Había logrado escapar de sus verdugos y no dejaría que la volvieran a capturar, al menos no con vida.

Esa estúpida guerra entre humanos y elfos dalishanos había acabado con su especie. Todos los suyos habían muerto protegiéndola.

Ella. Hija de Calatar, señor de la luz, hijo de Tulkas, señor de la guerra, hijo del rey Leveron y la Diosa dalishiana, Sylvana, madre de los bosques. Astáldie era la última que quedaba de su clan. La ultima poseedora del legado.

Continuó corriendo sin sentido, no tenía ni idea de donde se encontraba, solo veía árboles, tierra y un cielo gris que amenazaba con derramar una torrencial lluvia mientras oía los gritos de aquellos humanos que la buscaban.

Les dejo que la lastimen todo lo que quieran...— gritó un hombre. Astáldie sintió como un escalofrió recorría su cuerpo al reconocer la voz —Pero no la maten. Necesitamos a esa maldita elfa con vida.

Su familia, su gente. Todos habían sido asesinados brutalmente sólo por llegar al "Clarín de Hassandriel". Una pequeña flauta que le daba a su poseedor el poder de controlar a la naturaleza. Árboles, flores, fauna silvestre. Todo.

Algunas viejas leyendas decían que esa flauta se comunicaba directamente con la madre tierra, que los sonidos que evocaba tan sutil instrumento, era el lenguaje de Gaia y esos hombres, esos humanos querían quitársela. Solo ella sabía dónde la había escondido su padre y no dejaría que se apoderaran de ella. Ni mucho menos dejaría que la usaran para poder descifrar las antiguas escrituras. Solo ella podía manejarla. Prefería morir antes de que esos seres malvados utilizaran a la madre tierra para sembrar más odio y caos en el mundo.

Su pobre cuerpo no daba para más. Estaba muy mal herida pero no pensaba detenerse. Continuó caminando y corriendo. Alejándose lo máximo posible de esos humanos. En el intento, cayó de bruces contra el suelo varias veces. Sus pies sangraban...

Perdió la noción del tiempo y no se dio cuenta en que momento había abandonado las tierras de Amaranthine y se había internado en La Tierra Media. Lo supo en cuanto vio una manada de ogros destripando a un pobre ciervo. Antes que alguno de ellos se diera cuenta de su presencia, se escabulló para continuar con su camino.

Sus heridas dolían horriblemente pero no se detendría. Tenía que llegar a Erebor, a la montaña solitaria.

Al pie de dicha montaña yacía una gran roca en forma de media luna. Allí había escondido su padre el Clarín. Su misión era recuperarlo, ponerlo a salvo y si era necesario utilizarlo para mantenerse con vida, el suficiente tiempo para engendrar y pasar su legado a la próxima generación. Como fuera no podía permitir la extinsion total de los dalishanos.

Caminó y caminó hasta toparse con un pequeño arroyo al cual se lanzó sin siquiera detenerse a pensarlo dos veces. Lavó sus heridas y bebió un poco de agua. Sentía como la vida volvía a su cuerpo. Las marcas del látigo comenzaron a cerrarse, era como si el agua fuese milagrosa pero en ese momento ella supo que era la bendición de Gaia que la curaba. Con una mezcla de salvia de abronte y sumo de moras muy pronto no le quedarían rastro de la vil tortura a la cual había sido expuesta.

Se puso de pie, dispuesta a buscar algo de comer. La noche era oscura y el frío inclemente. Como pudo se hizo un refugio con algunas hojas secas. Encendió una hoguera y comió un poco de escaramujo que encontró en una verja que parecía ser tierra de alguien más pero ignoró ese detalle, el hambre acumulada de casi una semana no la detendría a pensar en si estaba bien o mal robar algunas plantas para comer.

No supo en que momento se quedó dormida. Fueron los rayos del sol los que la despertaron colándose sutilmente por sus ojos. Se incorporó rápidamente al sentir los pasos de alguien que se acercaba. Tomó una roca de mediano tamaño entre sus manos, al menos una buena pedrada se llevaría el intruso.

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