Epílogo 2 - Mi carrito de bebé

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Algo que no he contado de mi experiencia como alumno de parvulario a los 25 años es como me traía Laura al colegio. Tras mi breve aparición en una clase de secundaria y mi inevitable retroceso final, que me obligó a volver a usar una media de 4 pañales al día, tenía tantos nervios de ir cada día a clase que más del 50% de mañanas me ensuciaba andando hacia el cole. 

Debido a ello a menudo me bloqueaba y no podía seguir, y entre volver a casa y ponerme un pañal nuevo, llegaba tarde a clase casi cada día. Mi maestra advirtió a Laura, mi novia, que cada vez que pasaba eso tenía que parar la clase para ocuparse de mi, y que sería mejor buscar un método para llegar temprano.

Ese método terminó siendo traerme al cole en un carrito de bebé de mi tamaño. Yo no soy muy grande, pero aún así tuvieron que comprar un cochecito especial en el que pudiera ir tumbado sin preocuparme. El carrito tenía un cinturón doble que se ataba por la entrepierna, donde queda el pañal, y se podía inclinar para que yo fuera sentado o tumbado, según quisiera Laura. La verdad es que si iba muy tumbado se podían ver mis pañales por entre las perneras de mis pantalones. 

La primera vez que Laura me subió al carrito llevaba un pañal bastante grueso, un cubrepañales que me lo mantenía a puesto y un mono con botones en la entrepierna que me completaba el look. Laura me cogió por debajo los hombros, me acercó al carrito y me ató para que no em cayera. 

De la novedad, me hice pis casi al instante. El pañal se llenó por la parte inferior y noté que casi desbordaba. 

-Uy, ¿te has hecho pis, cariño?- preguntó Laura, que ya sabía la respuesta.

-Sí...-

Laura aprovechó que estaba en el carrito para probar si podía cambiarme allí mismo. Inclinó el respaldo y la silla hasta que quedé completamente tumbado, me desabrochó el cinturón de seguridad, me bajó los pantalones, abrió el pañal mojado y me puso otro limpio. 

El carrito iba perfecto, ahora sólo faltaba comprovar si me ayudaba a llegar temprano al cole. 

El lunes por la mañana desayunamos juntos Laura y yo, me puso el pañal debajo de mis pantalones y puso otros tres en la parte inferior del carrito, que tenía un espacio para dejar objetos. 

Subí al carrito de bebé y Laura me aseguró para que no cayera, tras lo que puso la mano en mi pañal para ver si estaba mojado, pero aún estaba seco. 

Ir en carrito al cole no hizo desaparecer mis nervios de ir a clase de párvulos, y ahora a eso le tenía que sumar la vergüenza de ir por la calle en un cochecito de bebé y con el pañal semi expuesto. 

De nuestra casa al cole hay unos diez minutos andando, y al cabo de dos noté como mi pañal se iba agrandando y mojando por la parte delantera, como poco a poco el pis se me iba esparciendo por encima y llenando hasta la parte inferior de mi abultado pañal. Conseguí parar al cabo de 20 segundos, pero a medida que nos íbamos acercando no pude hacer nada y cedí tres o cuatro veces, haciéndome más y más pis. 

Cuando giramos por la calle del cole y vi el edificio de secundaria y a los alumnos mayores, recordé la humillación y el miedo de cuando me intentaron llevar a una clase de la ESO. Al cabo de cinco segundos estaba llenando el pañal de caca. La parte trasera de mi pañal se expandió para acomodar mi accidente. Laura no se percató y siguió empujando el carrito hasta llegar a la entrada de parvulario mientras se me escapaba un poco más de pis. Eran las 8:50, ¡habíamos llegado a tiempo!

Al vernos entrar, mi maestra nos felicitó por llegar temprano. Muy contenta vino a desabrocharme el cinturón para ayudarme a bajar e invitarme a entrar a clase con mis compañeros de 3 y 4 años, de los que ninguno iba con carrito al cole. La maestra se agachó a mi lado.

¡A parvulario!Donde viven las historias. Descúbrelo ahora