Felix era un omega que había aprendido a sobrevivir más que a vivir.
Con un pasado marcado por la violencia y el abandono, había llegado a un punto donde no esperaba nada de la vida... salvo un poco de calma.
Trabajaba en un pequeño y colorido kínde...
El día amaneció claro, con un cielo tan azul que parecía pintado. Después del desayuno, Dohyun y Jisoo no paraban de insistir en su “cueva mágica”, así que terminaron organizando una pequeña expedición.
Felix iba en el centro del grupo, protegido por Hyunjin y Minho, con un sombrero de ala ancha y una camisa ligera que se movía con el viento. El sendero hacia la cueva no era difícil, pero sí estaba escondido: un pasadizo de arena fina entre dos enormes formaciones rocosas.
—Aquí es —dijo Jisoo con emoción, señalando una grieta oscura que apenas dejaba pasar el sol.
Al atravesarla, el aire cambió. Ya no se escuchaba el rugido fuerte del mar, sino un murmullo suave, acompañado del eco de gotas cayendo. Y de pronto, la luz se abrió.
Frente a ellos, un espacio amplio se reveló, con paredes cubiertas de corales y formaciones brillantes que parecían joyas incrustadas en la roca. El agua dentro de la cueva era cristalina, teñida de un azul turquesa tan puro que reflejaba la luz en danzas plateadas sobre el techo.
—Wow… —susurró Felix, acercándose despacio a la orilla.
En el agua, pequeños cardúmenes se movían como hilos de plata, y la claridad dejaba ver el fondo arenoso con manchas de conchas blancas. La temperatura era perfecta, fresca pero no fría, como si invitara a sumergirse.
Jeongin y Han se sentaron en una roca baja, dejando que el agua les cubriera los pies, mientras los niños jugaban cerca de la orilla. Hyunjin, sin quitarle la vista de encima a Felix, se metió hasta las rodillas para comprobar que todo estaba seguro.
—Es como un escondite secreto —dijo Seungmin, tocando una estalactita que brillaba como cristal.
—Perfecto para venir cuando queramos estar solos —añadió Minho, con una media sonrisa.
El resto de la mañana pasó entre chapoteos, risas y momentos en silencio, solo escuchando el eco del agua y el canto lejano de las gaviotas. Felix cerró los ojos, respirando hondo. Ahí, en ese lugar, todo parecía más fácil.
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La luz dentro de la cueva se filtraba en destellos plateados a través del agua clara, tiñendo las paredes con reflejos que parecían bailar. Las voces de los alfas y omegas se mezclaban con el eco suave del mar rompiendo contra las rocas.
Felix estaba recostado en una roca plana, con los pies apenas rozando el agua, mientras Hyunjin le secaba el cabello con una toalla. Jeongin nadaba cerca, riendo cada vez que Seungmin lo salpicaba adrede.
Han, mientras tanto, estaba de pie en la orilla, mirando hacia el túnel que daba salida a la playa. Minho se acercó para ofrecerle la mano y ayudarlo a subir a la barca que los llevaría de regreso a la orilla. —¿Estás bien? —preguntó Minho, fijándose en que Han fruncía el ceño.
—Sí… bueno… creo. Solo me duele un poquito la espalda —respondió Han, restándole importancia—. Seguro es de estar en esta postura todo el rato.