Me quedé sola en esa salita improvisada, mirando la puerta por donde Lara se había ido rodeada de su club de fans varonil. Qué escena más patética. “¡Lara, huye, que viene Carmen, la malvada ex!” Falta que aparezca una tormenta y se corte la luz.
Suspiré, apoyando el vaso en la mesa. Me dolía un poco el pecho, pero no era de emoción. Seguro era por haber tomado tan rápido. Eso. Nada más.
—Carmen —murmuré, saboreando el nombre como si fuera algo agrio—. ¿Quién se llama Carmen y deja plantada a alguien en su boda? ¿Una psicópata? ¿Una cobarde? ¿Una idiota con complejo de superioridad?
Negué con la cabeza.
—Ni siquiera es tan linda —me respondí en voz baja—. No más que yo, al menos. Ni tan alta. Yo soy más alta. Y seguro no tiene ni la mitad de estilo.
Me reí sola. Bajito. Pero reí. Porque lo peor es que hablaba en serio.
—Además… —me crucé de brazos, mirando un punto fijo en la pared—. ¿Qué me importa a mí lo que haga la ex de Lara? Si a mí no me gusta. Me cae mal. Me cae pésimo. Es mi enemiga. Competencia. Molesta. Mandona. Altanera.
Y con unos ojos tan lindos que parecen hechos de una galaxia.
Silencio.
—¡Ugh! ¡¿Qué estoy diciendo?! —dije en voz alta, golpeando el respaldo de la silla con la cabeza.
Yo no estaba celosa. Ni medio. Solo estaba evaluando el terreno, como buena profesional. Observando patrones. Reacciones humanas. Eso hacen los médicos. ¿No?
Volví a servirme un poco de jugo. Ojalá hubiera sido vodka.
—Además, si le rompieron el corazón, bien merecido lo tiene. Por testaruda. Por molestarme. Por no querer vender el edificio solo para llevarme la contra. Por… por no dejar de invadir mis pensamientos desde que volvió de París con esa mirada de “sé algo que tú no”.
Me quedé en silencio, tragando en seco.
—No me gusta —me repetí—. No me gusta.
Y aún así, no podía dejar de mirar la puerta por donde se había ido.
—No me gusta. No. Me. Gusta.
Estaba por repetirlo por cuarta vez, como si decirlo lo suficiente pudiera convertirlo en verdad, cuando la puerta se abrió y apareció la última persona que necesitaba ver en ese momento: mi madre.
—¿Sofía? —dijo Masha, asomándose con una copa de vino en la mano—. ¿Estás sola? ¿Te escondés de Alina o de tus sentimientos?
—De la humanidad —bufé, acomodándome el pelo como si no acabara de tener un monólogo digno de película francesa.
Ella se acercó con esa expresión suya que mezcla burla con ternura y se sentó a mi lado.
—Tienes cara de haber perdido una discusión contigo misma.
—No sé de qué hablás —mentí, con la dignidad por el piso.
—Claro. Porque tú siempre estás tan tranquila cuando no te importa alguien —dijo, dando un trago a su vino—. ¿Qué pasó? ¿Te abrazaron y te gustó?
—¡Mamá!
—¿Qué? Yo solo pregunto —respondió encogiéndose de hombros, como si no acabara de leerme el alma—. Desde la adolescencia que no te veía tan nerviosa por alguien.
—No estoy nerviosa —repliqué, cruzándome de brazos—. Solo estoy preocupada por una amiga. Una conocida. Enemiga. Da igual.
—Mmm… —hizo Masha, entornando los ojos—. ¿Una enemiga que te da celos y que además abrazás en eventos públicos?
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Corazón blindado
RomanceTras ser plantada en el altar, Lara decide no volver a sentir, así cerrando su corazón. Todo cambia cuando aparece Sofía, una chica narcisista, divertida y llena de fuego, que desafía sus muros y la obliga a redescubrir el riesgo -y la belleza- de v...
