capitulo quince

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Las fiestas infantiles no son lo mío.

Demasiado ruido, demasiados globos, demasiadas cosas con brillantina y azúcar. Pero ahí estaba yo. Sentada en la mesa principal, con una copa de vino en la mano —la única distracción adulta disponible— y la mirada perdida entre una piñata de unicornio y una tarta con el nombre "ALINA" escrito en crema rosa.

Fingí revisar correos en el teléfono para evitar conversaciones innecesarias. Hasta que el espumante me obligó a ir al baño.

Salía del baño justo cuando Sofía se acercaba. Caminaba lento, descalza, con las sandalias colgando de la mano y una sonrisa peligrosa en la cara. Tenía ese brillo en los ojos que delata a las personas que tomaron más copas de las que admiten.

Se quedó quieta frente a mí. Como si acabara de ver una aparición.

—¿Todo bien? —pregunté, más por cortesía que por interés.

No contestó.

Solo me miraba.

Con una intensidad absurda, como si intentara grabarme con la mirada.
Me dio un poco de gracia. Y un poco de… miedo.

—¿Sofía?

Parpadeó. Como saliendo de un trance.

—Eh… sí. Nada. Me distraje. Perdón.

Y sin decir más, siguió su camino pasillo abajo, como si no hubiera estado a punto de… ¿de qué?

No lo sé.

Pero si se imaginó algo entre nosotras, puedo asegurar que fue solo eso: una imaginación.

Un buen cuento de borracha con vino caro y frustraciones acumuladas.

Volví al living.

Alina me vio y corrió a abrazarme como si yo fuera Santa Claus.

—¡Tía Lara! ¡No te vayas nunca! —me gritó entre risas.

Yo sonreí. Nunca fui amante de los niños Pero está pequeña ya se ganó mi corazón.

Decidí que era hora de irme cuando alguien empezó a cantar “La vaca Lola” con guitarra y burbujas.

Demasiado para mí.

Tomé mis cosas, saludé rápido a Masha y Catalina —quienes claramente intentaban convencerme de adoptar un gato y una sobrina al mismo tiempo— y caminé hacia la puerta con paso firme.

Hasta que la vi.

Sofía.

Apoyada con despreocupación contra el marco de la galería, con una copa en la mano y ese tono de voz suave que usa cuando quiere ser encantadora. Sonreía de lado. Esa sonrisa suya que siempre parece tener un plan detrás.

La destinataria de semejante despliegue de carisma era una mamá joven, rubia y bastante impresionada. Tal vez una de esas amigas de jardín de Alina. No lo sé, no me importa.

Me detuve. No por celos.

Solo por… curiosidad antropológica.

—¿Entonces eres doctora también? —preguntó la rubia, jugando con el borde de su copa.

—Sí, soy una cirujana —respondió Sofía, mordiéndose apenas el labio, como si tuviera la autoestima de un dios griego disfrazado de madrina de cumpleaños.

Rodé los ojos. Por Dios.

Me aclaré la garganta, fuerte.

Ambas se giraron.

Sofía me miró como si no esperara verme… o como si esperara que la viera. Lo cual sería muy típico de ella.

—¿Te vas ya? —preguntó, como si no llevara diez minutos seduciendo a una madre random entre globos y cupcakes.

Corazón blindado Donde viven las historias. Descúbrelo ahora